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jueves, junio 17, 2021

Una voz que se niega al olvido

 

 

Ramón I. Martínez


Haciendo una relectura del libro de ensayos Abigael Bohórquez. La creación como catarsis, de Ismael Lares (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2012), es posible encontrar entrelíneas el espíritú indómito del poeta, dramaturgo y promotor cultural Abigael Bohórquez (Caborca 1936-Hermosillo 1995). Abigael aceptó, rebelde pues a todo límite, la dura suerte de ser un poeta en la semipenumbra del siglo veinte, que empieza a ser reconocido en estos inicios del siglo veintiuno.

Poeta de culto, su obra ha sido escasamente abordada por la crítica. Tenemos por ejemplos el trabajo de de tesis de maestría de Ana Álvarez, el libro Abigael Bohórquez: Pasión, cicatriz y relámpago del Dr. Miguel Manríquez, así como el ensayo que Hernán Bravo Varela dedica al poeta en su libro Los orillados. En efecto, Bohórquez ha sido orillado por las principales antologías de poesía del pasado siglo y por la crítica, académica o no, a permanecer casi oculto. Es una voz que se niega al olvido. De ahí el valor del libro de Ismael Lares, joven crítico que da fe del descubrimiento de una voz que se niega al olvido.

“Poeta a imagen y semejanza de la poesía” como lo calificara Efraín Huerta en el poema-prólogo de Las amarras terrestres (1969), poemario fundamental en la obra del caborquense. Fue un poeta hijo de la modernidad, por lo mismo relegado, a la vez que crítico de la injusticia y desigualdad sistemáticas. Cantó su amor, abiertamente homosexual, lo que le acarreó no pocas malquerencias y ninguneos. Fue la suya una poesía de múltiples influencias, como los Siglos de Oro, la Generación de Contemporáneos, la Generación de 1927.

La poesis aristotélica es un concepto que Lares toma como preámbulo en el ensayo inicial de este libro, “La creación como catarsis” y señala: “Un elemento necesario en la creación poética es la capacidad para desbordar la conciencia, aceptar la creación como una catarsis (catharsis para definir el acto de purgación de las emociones) del pensamiento innovador” (p. 10) No sé hasta qué punto exista una purgación de las emociones en la poesía bohorquiana, puesto que “catarsis” es un término que Aristóteles liga más con la poesía dramática que con la poesía lírica, pero es notable que ésta es admirada como dadora de vida, de renovada vigencia y avasalladora. Más que purgar las emociones, las comunica y es en el lector donde ocurre la catarsis, un purgar sus propias inquietudes para identificarse con el poema y, como dice Lares, busca Abigael “renacer a una nueva vida que se le brinda en el ejercicio poético”, a la manera de los misterios de Eleusis de la antigua Grecia.


Hace cincuenta años

que nací pedigüeño de amor,

y voy de paso

al paso

antojadísimo

de que al menos tú, Muerte,

no me abandones.


Estos versos de Poesía en limpio (1990) son un testimonio del recurrente memento mori que tuvo Abigael Bohórquez desde su primer poemario, Ensayos poéticos (1955). Ya desde joven perfilaba el amor y el desamor, así como la denuncia y la protesta, en un poema tan celebrado como “Llanto por la muerte de un perro” (1957). Éste es un poema antológico, que es un canto de amor, es una elegía, una protesta y una denuncia social. En palabras de Ismael Lares, es “el poema entonces un punto de reconciliación. La catarsis como liberación y reencuentro. Muerte y renacimiento cotidiano. La expulsión y liberación de sentimientos es una catarsis. Abyección como método catártico para la purificación del ser”. La abyección puede ser tomada en el sentido de humillación. Aquí Lares habla de la “escisión elemental entre lo agradable y lo desagradable”. (p. 19) Fue Abigael un ser desagradable o incómodo para la cultura oficial: abyecto. Pero él lo eligió así, al alzar la voz para manifestarse tal cual era, levantando su amor a plena luz, en media calle. Abiertamente gay, con un homoerotismo que escandalizó a la conservadora sociedad mexicana de entonces. Y de hoy.

“Quizá la verdadera vocación de Abigael haya sido la de rebelde” (p. 25) Así pues, decidió ser un transgresor consuetudinario a las normas de comportamiento convencional, según lo declara en su texto “Corazón de naranja cada día” (1993), donde el ya maduro poeta hace una rescisión de su propia trayectoria, que no desentona con su declaraciones de principios anteriores, incluidas en su poemario Acta de confirmación (1966).

Dentro de su amplio registro temático, Abigael tiene no sólo el homoerotismo y la poesía de protesta. También están los poemas civiles (donde se canta a héroes olvidados), el amor al desierto natal y a la aquilina tribu, y destaca el amor a Sofía, su madre. De todo esto pasa revista Ismael Lares, quien aunque no pretenda hacer un tratado exhaustivo de la poesía bohorquiana, sí ofrece una panorámica bastante interesante de la misma. Pertenece Ismael Lares a la estirpe de los críticos que se abocan al descubrimiento de Abigael Bohórquez. Un libro que se agradece y que han de agradecer las nuevas generaciones de lectores del vate sonorense. Demos tiempo al tiempo.


 

domingo, enero 10, 2021

Veinticinco años de ausencia que es presencia

 


Ramón I. Martinez

El pasado mes de noviembre de 2020 se cumplió un cuarto de siglo de la muerte del poeta, dramaturgo, promotor cultural, hombre de teatro y maestro Abigael Bohórquez (1936-1995), de Caborca, Sonora, México para el mundo.

Hace 25 años ya que su voz fuerte que se levantó en su desierto natal nos dejó en la orfandad a cuantos lo amamos y guardamos una deuda de gratitud para un hombre cuya generosidad sólo fue superada por su talento en el difícil arte de amar. Era un corazón a la intemperie, dando amor aunque no siempre correspondido, como rezara en uno de sus poemas más celebrados, incluido en su libro Poesía en limpio: “Hace cincuenta años, que nací pedigüeño de amor, y voy de paso al paso, antojadísimo, de que al menos, tú, muerte, no me abandones.” Nos abandonó, y de muchas partes le lloramos.

Abigael, aunque rodeado de amigos y amigas, murió en el abandono, solo y sin molestar a nadie, tal como él lo hubo de profetizar. Dejado de la mano de los promotores y dejado a su suerte por los servicios médicos de salud que no atendieron, de manera adecuada, la afección cardíaca que no tardaría por llevarlo a la tumba. La misma tumba que durante algún tiempo fue la imagen del abandono al carecer de una cruz madera que poco después le colocaría amorosamente Claudia Platt, la afamada fotógrafa hermosillense.

El 28 de noviembre de 1995, en su humilde departamento de la calle Reyes en Hermosillo, fue hallado por la mañana su cuerpo sin vida por su amado Yoremito que venía de atenderse una herida que un clavo le había causado en el pie. Yoremito, su último muso, albañil y joven entonces, que aún le profesa devoción en la actualidad. Rápidamente como de rayo se corrió la voz y el maestro Jesús Antonio Villa Rodríguez tomaría cartas en el asunto, manejando su coche y sin dejar de decir “chingada madre”.

Un poeta congruente con su propio ser, que se supo asumir como homosexual y no temió cantar El Otro Amor. Aunque esto lo convirtió en su momento en piedra de escándalo de los hipócritas y blanco de las críticas y de la homofobia. Canto con toda la belleza de la que era capaz un poeta bajo cuya poesía se encontraban enterrados varios hombres.

Su poesía se encuentra viva en poetas jóvenes y otros maduros que no necesariamente lo conocieron, porque la obra ha trascendido al personaje, cosa que no se podría decirse de quienes lo vituperaron desde el poder y el ISC en su momento. Poetas tales como Ricardo Solís, Jorge Ochoa, Josefa Isabel Rojas Molina (entre sus amigos) César Cañedo, Elvis Guerra, (de la nueva generación) y un larguísimo etcétera de noveles lectores de sus versos.

Hace algunos años alguien afirmó que en rigor Bohórquez tenía más admiradores que lectores. Esta realidad ha sido revertida, destacando la labor emprendida por el Dr. Gerardo Bustamante Bermúdez al recopilar hace pocos años su poesía completa e inédita además de trabajos de rescate de su dramaturgia. Destaca también el trabajo de la Dra. Ana Álvarez que ha estudiado acuciosamente la poesía de Bohórquez y su cariz autobiográfico. Mención aparte merecen también la obra de promoción de la obra de Bohórquez que han realizado tanto la cineasta y amiga del bardo Mónica Luna (quien le dedica un impecable documental) y el poeta tabasqueño Dionicio Morales quien le publicó póstumamente una impecable antología Las Amarras Terrestres (2000).

Salve, Abigael, los que hemos de morir te saludamos.

martes, octubre 13, 2020

 


Matar: El verbo del asesino

Ramón I. Martínez

 

Ha aparecido la tercera edición de Matar. Crónicas desde el infierno, de Carlos Sánchez (Proceso, 2020). Su primera edición data de 2011, publicado por el Instituto Sonorense de Cultura, cuando un año antes ganara el Concurso del Libro Sonorense, precisamente en el género de crónica. El autor (Hermosillo, 1970) es periodista y escritor, cultiva varios géneros (dramaturgia, novela, cuento, crónica), imparte talleres literarios y de fotografía en correccionales y cárceles desde hace veinticinco años (labor docente heredada del poeta Abigael Bohórquez), y conoce las penitenciarías desde la infancia, cuando visitaba a los papás de sus amigos. Hoy visita a los hijos de sus amigos y no descarta que, en un futuro, a los nietos.

Las crónicas que nos ocupan, pertenecen a un género a caballo entre periodismo y literatura,  testimoniales relatos elaborados a partir de entrevistas de primera mano con los asesinos, donde se rescata el lenguaje del barrio, de la clase popular. No busca agradar a nadie sino ser un puente entre el lector y el asesino, tratando de mostrar las circunstancias y motivos que lo llevaron a tomar la decisión que le cambiaría la vida y a segar la del otro. No se trata de la parca nota roja escrita a partir de los partes policíacos donde el indiciado está condenado de antemano, sino de testimonios vívidos y pormenorizados donde se pueden oler las emociones, ver los casquillos o la daga o navaja, saborear la cerveza y el baile. Se desvaloriza el adagio que reza “muerto el perro se acabó la rabia”, pues muerto el asesino seguirán los asesinatos, pues perviven los motivos y las circunstancias que llevan a matar. No se justifica ni se hace apología del crimen, como sí parecen hacerlo quienes ensalzan y glorifican criminales, sino que se acerca al infierno que viven personas con preocupaciones parecidas a las nuestras (la familia, el sustento) orilladas por las circunstancias y el destino que los llevaron por la mala senda. Se ha protegido la identidad de los que dieron testimonio.

Infancia es destino. O dicho de otra manera (paradójica): Origen es destino. Carlos Sánchez, como ya apuntamos, conoció las cárceles siendo niño en solidaridad con sus amigos de la infancia visitando a los padres de estos, en el populoso barrio de Las Pilas, donde se encuentra la antigua prisión porfiriana de piedra que conoció a los ocho años, en la actualidad transformada en museo del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH). En los callejones y en la casa paterna se repartía el botín y se convivía con los asesinos. Pese a ello, el autor ha aprendido un oficio en las palabras que lo ha enriquecido y lo ha alejado del mal camino. Sigue de cualquier modo fiel a sus raíces, a los orígenes, a la solidaridad tribal, y de esta manera se ha configurado como voz de los que no tienen voz, de los marginales, de los nacidos para perder, de los oscuros y desposeídos.

 

domingo, agosto 16, 2020

Francisco Trejo, Sumario de los ciegos

Ramón I. Martínez

Estamos ante la deslumbrante aparición de la madura obra del joven poeta Francisco Trejo (Ciudad de México, 1987), Sumario de los ciegos. (Antología personal), New York,  Nueva York Press, 2020, colección Piedra de locura, 9. Trejo es, además de poeta, ensayista. Investigador y editor, Maestro en Literatura Mexicana Contemporánea por la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), autor de ocho poemarios publicados. De estos últimos el presente libro antóloga cinco, El tábano canta en los hoteles (2015), Canción de la tijera en el ovillo (2017), De cómo las aves pronuncian su dalia frente al cardo (2018). Balada con dientes para dormir a las muñecas (2018), Penélope frente al reloj (2019).

El joven maestro recapitula casi diez años de escritura publicada en un lapso similar. Es el recorrido del artista ante los hallazgos poéticos que son el rememoro de la intermitencia de la ceguera frente “…la pira de la muerte que siempre conduce a la poesía”, en palabras del autor en la nota preliminar, yendo de sus obras más antiguas a las más recientes, en un proceso cronológico (diacrónico) que da fe de la evolución de un talento que siempre practica la autocrítica de un modo muy sano.

Juzgue el lector, Flora, el amor nuestro,

este drama jocoso, 

esta ópera de humanos aguijones.

En este fragmento del poema “Exordio” (p. 19) que abre la antología personal, podemos encontrar una clave de lectura del volumen, dedicado “A mi padre” como figura señera de la poética. Observe el lector atento cómo el poema instaura una representación de sí mismo como testimonio de la vida, de la experiencia transfigurada en el verso. El amor es el más hondo llamado de la sangre. Y la poesía su más prodigioso canto y su más fervoroso cumplimiento, no sólo dramático sino jocoso.

El autor utiliza el epigrama para manifestarse, sobre todo en sus primeros libros, que merced a la publicación ya no son sólo suyos sino nuestros, también. Según el Diccionario Panhispánico de Dudas de la Real Academia Española, “epigrama” significa “’Poema breve e ingenioso y generalmente satírico’ y ‘pensamiento expresado con brevedad y agudeza’(…)” Es una forma poética heredada de la antigüedad clásica grecorromana, por cuya mitología se ve tan influido Francisco Trejo, de modo que la hace suya y la restaura en una mitología personal. Tenemos como muestra un botón, el siguiente poema titulado “El pescador” (p. 42):

                El hombre sale a la calle y presume a su esposa.

                “Flora es el mar” le dice

                                                               al que diario pesca en ella.

Un recurso literario al que acuden poetas mayores como Héctor Carreto y que el autor que nos ocupa tiene a bien explotar. Declara el autor su vocación de brevedad en el poema “El suicidio del poeta” (p. 51):

            Supe que Flora no me ama,

por eso voy a suicidarme;

pero no esta noche:

será cuando le haya dedicado

cientos de epigramas

y éste, apenas,

inaugura la enjambría.

Otro poeta cuya influencia también es notoria, es el sonorense Abigael Bohórquez (1936-1995), no sólo porque es citado en los epígrafes de varios de sus poemarios y en algunos versos referido como personaje, sino por la alusión a los hoteles y moteles, sobre todo en su poemario El tábano canta en los hoteles, que connota el B. A. y G. frecuentan los hoteles de Bohórquez. También se nota la influencia en el manejo de neologismos surgidos a partir de las palabras compuestas. Como en el siguiente poema del cual cito un fragmento. Este poema va hilado después de otro donde se ha declarado que es el minotauro, híbrido de toro y hombre. A semejanza de él, sus palabras también pueden ser híbridos nacidos de la composición (p. 60):

II.

Antes de ser carnempavesida, quiero crepitar con el garbo de la liebre: ser estruendo sobre los galgos azules de la hoguera (…)

El poeta también es un híbrido, que canta a pesar de que no se gane el aplauso de la multitud o se gane el aplauso de unos pocos. Un ser extraño que es feliz, pese a lo mal hecho del mundo, el cual ha sido dejado de la mano de Dios. No es que Dios no exista sino que se ha desentendido del mundo. Colección nocturna de las voces que nos habitan. Arte de amar y arte de vivir. Perfección epigramática, brillante en sus hallazgos poéticos. Contundente y conciso, en la precisión de la palabra. Trágico y eróticos lugares. La ausencia paterna, significativa y elocuente. La madre, sufrida y amante. Son constantes (junto con la Mitología) en la obra de Francisco Trejo. Así también la muerte como figura gravitacional del alma, y de la poesía. Como en “Sueñera” (p. 139):

                La muerte esté dormida en mi pecho

                                                                               --y mi canto es su sueño recurrente.

Asimismo, en el fragmento siguiente del poema que da título a la antología, “Sumario de los ciegos” (p. 183):

           Madre, mi edipismo consiste

en arrancarme los ojos

para nunca ver el aspecto de tu muerte

Una figura mítica recogida en el volumen es Telémaco, el hijo de Ulises. Hijo que creció sin el padre, estando ausente de la casa por encontrarse en el extranjero. Una ausencia prolongada. Como en el siguiente fragmento de la “Invención de Telémaco” (p. 196):

Pero más que ropa,

yo encontré mi propia piel

en un libro de mitología griega

que olvidó mi padre

al irse de casa.

Una novedad literaria a la que vale la pena acudir, este Sumario de ciegos es un libro que, audaz, nos invita a la lectura espaciosa y que nos interpela desde su claridad de espejo. Larga vida al poeta Francisco Trejo.

sábado, mayo 09, 2015

Abigael Bohórquez, Digo lo que amo, reedición 2015. Edición e introducción de Gerardo Bustamante Bermúdez. UACM



En 1976, apareció la primera edición del poemario que hoy se reedita.Los homenajes no siempre están caracterizados por la solemnidad. Ejemplo claro de ello es el homenaje que Cervantes rinde a las novelas de caballería a través del ludismo desplegado en El Quijote: se homenajea parodiando. En este inciso se intentará explicar cómo el poemario Digo lo que amo de Abigael Bohórquez constituye un homenaje a Oscar Wilde. Un homenaje no exento de cierta parodia o imitación burlesca, pues ésta se dirige no contra Wilde, sino contra el proceso judicial que lo condenó.
Dicho poemario fue escrito en 1975, justo cuando se cumplían setenta y cinco de la muerte de Oscar Wilde. Su deceso (1900) estuvo marcado por la tragedia que le significó el haber pasado dos años de trabajos forzados (1895-1897), pena impuesta por los delitos repetidos de gross indecency —ésta es una de las maneras eufemísticas para referirse a las relaciones homosexuales en la Inglaterra victoriana. Reza una de las dos dedicatorias que abren Digo lo que amo:

A LA MEMORIA
de
OSCAR WILDE
en el 75 aniversario
de su muerte.

De hecho, la muerte de Wilde fue resultado directo de dicha pena de trabajos forzados, la cual lo dejó moral y físicamente dañado, sin remedio.
¿De qué forma Digo lo que amo constituye un homenaje a Oscar Wilde como figura trágica durante su proceso? Pudieran encontrarse cuando menos dos respuestas para esta pregunta.
Primera, se le dedica este poemario a Wilde como figura emblemática del amor transgresor. De hecho, el amor se ve presente —en este poemario— como una actitud vital, plena de audacia, subversiva, de rompimiento de las reglas, llena de elementos carnavalescos, que afronta el riesgo y la condena social.
Segunda, se le homenajea a través de una parodia que transforma el funesto fin de Wilde en el satírico destino del personaje lírico que se instaura a lo largo del poemario. La parodia se entiende aquí como imitación burlesca. Si durante su proceso Oscar Wilde se muestra inerme ante sus detractores, el yo lírico del poemario Digo lo que amo se burla y satiriza a esos detractores, se parodian las diversas etapas del proceso judicial a través de los títulos de los varios poemas, así como en el cuerpo de los mismos poemas. A la vez, el yo lírico hace gozoso alarde de su amor a través de una expresión lírica llena de vehemencia. Se trata de un amor que es semejante al de Wilde, es decir, al “amor que no se atreve a decir su nombre.”
Bohórquez inicia su poemario con dos epígrafes que, como tales, resumen los presupuestos del texto que presiden y dan una orientación general para la lectura inteligente del mismo. El primer epígrafe está tomado del poema “Si el hombre pudiera decir”, incluido en el poemario Los placeres prohibidos (1936), de Luis Cernuda.

“Si el hombre pudiera decir lo que ama,
si el pudiera levantar su amor por el cielo
como una nube en la luz;
..................................................................
yo sería al fin aquel que imaginaba;
aquel que con su lengua, sus ojos y sus manos
proclama ante los hombres la verdad ignorada,
la verdad de su amor verdadero.”
LUIS CERNUDA

En general, puede decirse que Los placeres prohibidos es un libro donde el poeta expone y defiende su inclinación amorosa: una defensa del amor. En esa defensa, Cernuda recurre a imágenes audaces que hieren a las mentalidades conservadoras y tradicionalistas, imágenes que no eluden invocar a los hombres amados. En particular, el poema “Si el hombre pudiera decir” expresa el advenimiento de una utopía —por lo mismo, de advenimiento irrealizable— que no deja de dar sentido a la propia existencia.
Es fácil relacionar el primer verso del epígrafe de Cernuda (“Si el hombre pudiera decir lo que ama”) con el título del poemario de Bohórquez (Digo lo que amo). Realmente Bohórquez —a través de la construcción de su yo lírico— logra solazarse largamente en la realización —valga el término— de la utopía que resulta del poema cernudiano. Al solazarse en ella, la recrea.
Si en Cernuda tenemos una poesía de un amor cargado de fuerte erotismo, “más platónico y contemplativo que dionisíaco o sexual”, Bohórquez transforma la herencia cernudiana escribiendo una poesía de amor transida de un erotismo más sexual y dionisíaco que platónico, pero sin dejar de ser contemplativo. Esta actitud contemplativa es manifestada en una ternura vehemente que hace acto de presencia en muchos de los poemas de Bohórquez.
Un segundo epígrafe de Digo lo que amo insiste en la legitimidad del amor verdadero:

Oscar: ¿Crees que estoy aquí por mis relaciones con algunos profesionales del vicio? Pero si Inglaterra entera está llena de hombres así. Tan sólo al día siguiente de mi condena, esos hombres se han sentido amenazados por primera vez. Los hay militares, ministros, nobles... ¿acaso condenaron al Duque de Clarence de la Familia Real Inglesa? Si yo no hubiera a conocido a Douglas, estaría libre y me hubieran permitido el trato con los Parker, los Wood, los que venden su amor en todos los Savoy del mundo entero. Lo que Inglaterra no me perdona son los vicios que encubre con su hipocresía, no me perdona que en mí, sea un gran amor. Por eso se han desatado las fuerzas secretas para marcarme con el fuego y el ridículo. Cuando un amor como el mío desafía la tradición burguesa, se le castiga a trabajos forzados.

Frank: El único amor legítimo, Oscar, es el que une a un hombre y a una mujer.

Oscar: Te concedo que para ti no exista más amor que ese, pero no me lo digas a mí, que me he ofrecido en holocausto.

maurice rostand
el proceso de oscar wilde

Según consta en este epígrafe, Oscar (Wilde) reconoce dos situaciones muy importantes.
Primero, se le está castigando por desafiar “la tradición burguesa”, es decir, por trasgredir el orden establecido por la clase dominante, la burguesía, la cual —según sus costumbres o “tradiciones o pautas de conducta”— no acepta el amor entre iguales: el amor homosexual.
Segundo, el mismo Wilde acepta ese castigo, con tal de no renegar de ese amor, o dicho de otro modo: por ese amor se ha “ofrecido en holocausto” el propio Wilde.
Ambas situaciones pudieran ser resumidas en una sola, de la siguiente manera: Wilde con su amor trasgrede y por ello Inglaterra lo condena. Si en Oscar Wilde el amor que no se atreve a decir su nombre es algo que no puede abandonarse sin denigrar y mutilar la propia alma, en Bohórquez el otro amor es
igualmente lo condenado por la sociedad en el código moral hegemónico, pero con un ingrediente extra: no sólo es irrenunciable la vocación a vivirlo, sino que es menester la rebeldía ante la moral imperante, a despecho de las condenas. Esta actitud es algo distinta a la de Wilde, pues durante su proceso intentó convencer a los demás de su inocencia.
No es extraño que Wilde haya perdido el proceso que se siguió en su contra. Por una parte, no era persona aficionada a las trifulcas judiciales y, por otra, la opinión pública lo había condenado de antemano, lo cual influyó de manera determinante en el juez, ya de por sí predispuesto a permitir mil y una irregularidades durante el proceso con tal de condenar el “pecado nefando de Wilde”. En el fondo de esta condena pública, es difícil no reconocer la actuación de la envidia, “esa pequeña hermana menor de la admiración”, como llama Sábato a este destructivo sentimiento. De todo lo referido en este párrafo da testimonio la biografía realizada por Frank Harris.
De cómo Wilde no iba al pleito convencido del todo, da testimonio el siguiente comentario de Harris: “En un relámpago, vi una parte de la verdad cuando menos. No era Oscar quien arrastraba a Douglas, sino Lord Alfred Douglas quien hacía de Wilde lo que quería.” De hecho, sería muy difícil decir que Douglas (“Bosie”, como lo llamaba cariñosamente Wilde) amara realmente al célebre dublinés. Parecía empeñado sólo en explotarlo económicamente y aprovecharlo para nutrir su propio ego de jovenzuelo revoltoso:

Lord Alfred Douglas ha declarado recientemente:
— Yo gasté en mi trato con Oscar Wilde mucho más de lo que él gastó conmigo.
Pero esto no pasa de ser una ilusión falaz y candorosa. Más cerca de la verdad se halla cuando, en una confesión anterior, declara:
— Era una dulce humillación para mí el dejar a Oscar pagar todos mis gastos y el pedirle dinero.

Esto permite comentar lo siguiente: la experiencia de Wilde respecto del amor fue profundamente devastadora. Era un hombre casado y con hijos que no encontró correspondencia en sus relaciones con hombres y en su familia no encontró ni siquiera comprensión mínima. Acabó solo, enfermo, sin amor. Resumiendo: su pasión por Bosie —y su ilusión por pretenderse amado— fue su ruina, pues acabó no como un rebelde, sino dominado un por rapazuelo. Esto es distinto
a la convicción de Bohórquez por el otro amor, donde se asume desde un principio que el verdadero destino de todo poeta auténtico, de congruencia poética de vida y de obra, acabará siendo —en última instancia— relegado. Como el propio Bohórquez le confesó al poeta Ricardo Solís: “Esto es lo que te espera si de veras quieres ser poeta, esto que ves en mi departamento: miseria y soledad, o si lo prefieres: soledad y miseria”. A decir de Paz: la sociedad burguesa condena a la marginación a los hijos rebeldes de la modernidad, que son los poetas. Como parte de esta rebeldía, sostiene Paz, está la misma defensa que los poetas hacen del amor. Con esta opinión, según se comenta líneas arriba de este inciso, concuerda Bohórquez.
La rebeldía de Bohórquez es lúdica, pues la reivindicación del placer y del amor es su fin. Este ludismo también refiere al lenguaje, pues con él juega y reinventa situaciones, igualmente lúdicas. Como un breve ejemplo de esta característica de su poesía, tenemos el poema “Sentencia”. En él se tiene un humorístico uso del equívoco fónico.

Sentencia

“Jugaréis por instantes del vocablo como decir: Si se mudó en mi ausencia, ya no es mujer estable, sino establo.”
lope de vega
dejadlo al villano pene;
yendo y viniendo;
una vez entrando
y otra vez saliendo
por sécula su culorum;
que pene.

qué pene!!!


Recapitulando, podría concluir este apartado diciendo que en Digo lo que amo la parodia es un recurso cuya finalidad consiste en la renovación de la utopía del amor, amor que vence toda barrera de condena social.
En aras de esta utopía del amor, se satiriza a quienes denostan a los amantes: se les ridiculiza.
Asimismo, el conjunto de los títulos de los poemas semejan (imitan, parodian) un proceso judicial —simbólico— donde los amantes terminan por burlar a sus perseguidores dedicándoles a estos una balada (que en este caso es un balido: parodia de balada de la cárcel de Reading escrita por Wilde). Todo esto logrando —a través del constante uso de la parodia— que el poemario de Bohórquez semeje un gran poema donde se cumple el doble principio del que hablara Paz para el poema largo: unidad y diversidad, a la vez que sorpresa y recurrencia. Al final de la secuencia que forman estos poemas, los amantes que dan libres, indemnes. En la ficción que forma el grupo de poemas de Digo lo que amo, la utopía termina triunfando: el amor y el erotismo se cumplen.
Esperamos que esta reedición de Digo lo que amo vuelva accesible a nuevas generaciones de lectores la poesía disidente y clara de Abigael Bohórquez.Vale.