lunes, julio 06, 2009

Reportaje de Carlos Manuel Sánchez acerca de Magnus Carlsen, Mozart del ajedrez

Recomiendo el siguiente reportaje.
http://reportajes.wordpress.com/2007/04/08/magnus-carlsen-el-nuevo-bobby-fischer/

Sólo cito fragmentos. El curioso lector puede consultarlo y corroborar lo bien documentado del texto.

Su autor es:

Carlos Manuel Sánchez. (Soy freelance, lo digo por si algún redactor jefe, editor de revista o persona bondadosa quiere hacerme un encargo).

Contacto
submarinodebolsillo @ gmail.com





-------------------------------------Se llama Magnus Carlsen y es un genio. Lo han bautizado el Mozart del ajedrez y lo comparan con el más grande de todos los tiempos: el norteamericano Bobby Fischer. (...)

“¡Qué diablos hizo Leko!”, se impacienta Arturo Xicotencatl, institución viviente del mundillo ajedrecístico. El ambiente se enrarece. Tablas descaradas del gran maestro húngaro en 21 jugadas. Entre los organizadores se respira cierta frustración. Las partidas del torneo más prestigioso del mundo se están desarrollando sin apenas combate. “¡Órale! ¡Sean gallardos!”, claman los mexicanos. Pero los jugadores son profesionales. Juegan 200 partidas al año. Cobran bien. No como una estrella del tenis o el baloncesto, pero pueden vivir desahogadamente. Hay que hacer caja. Y la estrategia generalizada consiste en firmar empates cautelosos, sumar medio puntito por aquí, otro medio por allá, y solo cuando se vislumbra una posición muy ventajosa o un descuido del rival, atacar sin miramientos. El alcalde de Linares plantea que se penalicen las tablas y algunos hablan de multas por falta de combatividad.

Entonces sucede algo maravilloso, algo que corta la respiración de los aficionados y que deja boquiabiertos incluso a los periodistas rusos y sus adustas caras de póquer. Magnus Carlsen, el niño rubio con semblante de aburrimiento, mueve su caballo negro a una casilla inesperada. Y la posición de las piezas se convierte en un enigma digno de la Esfinge. “Nunca en la historia se había jugado semejante posición, ni siquiera en partidas por correspondencia”, comprueba el especialista Leontxo García en su ordenador, donde están cargadas millones de partidas. El niño juega con negras y se supone que tiene bula para blindarse defensivamente. Pero no. Por si fuera poco, sacrifica un peón en la apertura. ¿Un suicidio? “Se le ha ido la olla o es grande, muy grande”, se asombran dos espectadores, Jordi Claudi Serra y Josep Manera, que han llegado desde Figueras, mil kilómetros en coche, solo por verlo jugar. “Otros llevan analistas, médico y hasta cocinero. Él va con lo puesto. Hoy por hoy, es el único capaz de ganarle a los superordenadores”. Y salen de la sala a fumar un pitillo para mitigar la excitación de ver a Carlsen haciendo historia en un juego que se practica desde el siglo VI. Su contrincante, el ruso Alexander Morozevich, se remueve inquieto en su silla. No sabe a qué atenerse. ¿Es una trampa? ¿Una broma? El condenado crío ya le ha ganado una vez. Al final, Morozevich olfatea el peligro y buscará las tablas con descaro, como un boxeador que atrapa los brazos del contrincante abrazándose a él. A Carlsen no le cambia la cara, no parece consciente del vendaval de aire fresco en una atmósfera viciada que significa su juego desenfadado y letal.

Sus padres sí que son conscientes. Vendieron el coche, hicieron las maletas y pusieron su vivienda en alquiler para poder costearse los viajes, de torneo en torneo. Un año sabático, con visitas a museos. “Hubo incluso demasiada cultura para mi gusto. Pero cuando me cansaba, tenía la excusa de entrenar para poder escabullirme”, cuenta Carlsen. Así, mientras sus padres y sus tres hermanas se daban un garbeo por el Louvre, el joven talento se escapaba a un cibercafé para jugar partidas rápidas por internet. Era el año 2003 y dejó de asistir al colegio. Hubo una enorme polémica en Noruega con esta decisión. “Realmente no eché de menos la escuela. No aprendo demasiado, es más efectivo cuando mis padres me enseñan. Me siento poco estimulado por estar la mayor parte del tiempo esperando”, explica.

Con catorce años le ganó al ex campeón mundial Anatoly Karpov en una competición de partidas rápidas. Luego le dio un repaso a Kasparov, que logró in extremis forzar unas tablas. Espoleado por el descaro de aquel monicaco, el Ogro de Bakú le retó a una segunda partida y esta vez le aplastó. “He jugado como un niño”, se lamentó Carlsen.

(...)De momento, Magnus Carlsen, el nuevo Mozart del ajedrez, parece de lo más sensato a pesar de sus rasgos aniñados. Los aficionados analizan sus movimientos con devoción, igual que los seguidores de Bobby Fischer, el viejo Mozart, siguen rescatando con pasión arqueológica partidas rápidas, partidas que jugó con los ojos vendados, partidas de adolescencia. Y las recitan de memoria, paladeándolas como si fueran partituras de una sonata bellísima.

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