domingo, junio 06, 2010

Culpabilidad comprobada: estamos purgando condena

Ramón I. Martínez

“En este lugar no se castiga el delito: Se castiga la pobreza”. Así rezaba un letrero en la antigua Cárcel de Belén, en la ciudad de México .

Es un letrero harto interesante. Tan interesante, que se lo podríamos colgar a toda nuestra República Mexicana. En este país donde los del poder tienen patente de corso para aplastar los cráneos de quien sea. Incluso el cráneo de su propio hijo o hija (recuerden a Paulette)

México entero se ha convertido en una gran cárcel. Apestosa y de la peor calaña, escuela del crimen donde los satisfechos de su fortuna destrozan a los pobres, a la desprotegida clase media.

Una cárcel peor que la de Belén, más asquerosa que el tristemente célebre palacio negro de Lecumberri. El Apando que describe José Revueltas palidece ante los personajes que nos dominan con cetro de crimen.

Parecemos no ciudadanos, sino vasallos de un puñado de reyezuelos de prisión. En la Edad Media, los señores feudales cobraban diezmo. Actualmente, a los clasemedieros se nos cobra más del triple que eso (nada más fíjense en ISPT, ISR, IVA,…)

No me canso de preguntar: ¿Para qué pago impuestos? ¿Para eso trabajo más de 40 horas a la semana? ¿Para eso me esfuerzo para ser ciudadano de bien? ¿Para mantener a una clase gobernante de lujo insultante? Me declaro culpable de sostener y mimar a mis carceleros.

En eso he meditado a partir de un memorable y contundente discurso del señor Roberto Zavala Trujillo, el 13 de junio de 2009. He visto y revisitado ese discurso. Impresionante. Él es padre de Santiago de Jesús Zavala Lemas, uno de los 49 niños masacrados en la Guardería ABC hace un año.

“Yo soy culpable”, dijo Zavala Trujillo. Si alguno de ustedes no ha visto el discurso en cuestión, lo puede consultar en You Tube:
http://www.youtube.com/watch?v=TlhrelOZKiQ&feature=related

“Nunca lo había escuchado hablar así”, declararía después su esposa, la señora Marta Lemas. Y yo puedo afirmar algo semejante. Nunca he visto a alguien hablar así, transido por un dolor y rabia infinitos, estremecedores. Con claridad y franqueza, digo que estas palabras no iban dirigidas al mitin, sino al universo entero.

Por eso, retomando el título de Diego Enrique Osorno, yo también lo acepto: Nosotros somos los culpables.

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