sábado, noviembre 07, 2020

 

Permanencias, de Manuel Parra Aguilar

Ramón I. Martínez

 

Afirma Jorge Luis Borges (Arte poética. Seis conferencias. Barcelona, Crítica, 2001) que la poesía del nuevo siglo volvería a sus orígenes, a La Ilíada, cuando el bardo no hacía distinción entre cantar y contar, de manera que cantar una historia y contarla serían sinónimos.

Manuel Parra Aguilar (Hermosillo, 1982) hace honor a esta profecía de Borges en Permanencias, poemario ganador de los LXI Juegos Florales Iberoamericanos de Carmen 2019, publicado recientemente. Esto porque los poemas en prosa que conforman este libro nos cuentan al mismo tiempo que nos cantan una historia (o serie de historias) desde la maestría desplegada en el uso de imágenes y metáforas que constituyen el núcleo de esta prosa poética.

Las formas poéticas son esenciales en poesía pues son el recurso contra la muerte y la erosión de los años y los siglos. No exagero al decir que la forma redescubierta por Parra está hecha para durar, para vencer el tiempo, para perdurar. Arquitectura viviente hecha para vencer al tiempo que todo lo muda para no hacer mudanza en su costumbre. Cuando una forma se desgasta o se convierte en fórmula, el poeta debe inventar otra. En su caso, Parra lo ha logrado.

 

Descendí tanto para

encontrar tu fin

Floriano Martins

 

Como tú

dejaré de ser montaña

 y me buscaré otro oficio

elijo el tuyo

pajarita

peregrina

Alba Brenda Méndez Estrada

 

Aquellos seres cuya hermosura admiramos un día,

¿dónde están? Caídos, manchados, vencidos,

si no muertos.

Luis Cernuda

 

Con estos tres epígrafes se abre el poemario, y tienen en común hacer alusión directa o indirecta al oficio del poeta: cantar, buscar el fin teleológico, exaltar la belleza, a despecho de la muerte y de la decrepitud. La forma que vence al paso del tiempo, lectura que hemos de tener presente al adentrarnos en este laberinto de imágenes donde no hay más Minotauro que el propio lector.

Cuatro secciones integran este libro, a saber: “Lámpara de agua”, “Su fuego en la tibieza”, “Figuración y norma”, “Monodías”. Todas integradas por precisas prosas o, mejor dicho, poemas en prosa. Equidistantes una de la otra, nos presentan historias diversas donde el yo lírico es testigo del prodigio de las imágenes cinceladas por la luz. Para muestra, el siguiente fragmento del poema que abre la colección (p. 19):

 

ERA DE CALLAR EL TIEMPO, de adivinar la respuesta marina, de esperar un beso de más en las olas quietas y perfumadas. Era la hora, también, de llegar a la deriva, asombrado de la palabra siempre, a ras del agua, a ras del sueño. Era el momento justo, a pesar de no haberlo querido, en el que se oiría un sacudimiento oprimido de piernas, su persistencia —en eso que no se nombra, se sugiere—como un reflejo de sal en las orillas del cuerpo (…)

 

Surge entonces el Aparecido, el pez-mujer, los pescadores, las latas y tantas figuras recurrentes que, variando de una a otra sección, van dando unidad a la profusa imaginería y magia verbal del poeta. Si el lector amable se aventura, lo comprobará.

martes, octubre 13, 2020

 


Matar: El verbo del asesino

Ramón I. Martínez

 

Ha aparecido la tercera edición de Matar. Crónicas desde el infierno, de Carlos Sánchez (Proceso, 2020). Su primera edición data de 2011, publicado por el Instituto Sonorense de Cultura, cuando un año antes ganara el Concurso del Libro Sonorense, precisamente en el género de crónica. El autor (Hermosillo, 1970) es periodista y escritor, cultiva varios géneros (dramaturgia, novela, cuento, crónica), imparte talleres literarios y de fotografía en correccionales y cárceles desde hace veinticinco años (labor docente heredada del poeta Abigael Bohórquez), y conoce las penitenciarías desde la infancia, cuando visitaba a los papás de sus amigos. Hoy visita a los hijos de sus amigos y no descarta que, en un futuro, a los nietos.

Las crónicas que nos ocupan, pertenecen a un género a caballo entre periodismo y literatura,  testimoniales relatos elaborados a partir de entrevistas de primera mano con los asesinos, donde se rescata el lenguaje del barrio, de la clase popular. No busca agradar a nadie sino ser un puente entre el lector y el asesino, tratando de mostrar las circunstancias y motivos que lo llevaron a tomar la decisión que le cambiaría la vida y a segar la del otro. No se trata de la parca nota roja escrita a partir de los partes policíacos donde el indiciado está condenado de antemano, sino de testimonios vívidos y pormenorizados donde se pueden oler las emociones, ver los casquillos o la daga o navaja, saborear la cerveza y el baile. Se desvaloriza el adagio que reza “muerto el perro se acabó la rabia”, pues muerto el asesino seguirán los asesinatos, pues perviven los motivos y las circunstancias que llevan a matar. No se justifica ni se hace apología del crimen, como sí parecen hacerlo quienes ensalzan y glorifican criminales, sino que se acerca al infierno que viven personas con preocupaciones parecidas a las nuestras (la familia, el sustento) orilladas por las circunstancias y el destino que los llevaron por la mala senda. Se ha protegido la identidad de los que dieron testimonio.

Infancia es destino. O dicho de otra manera (paradójica): Origen es destino. Carlos Sánchez, como ya apuntamos, conoció las cárceles siendo niño en solidaridad con sus amigos de la infancia visitando a los padres de estos, en el populoso barrio de Las Pilas, donde se encuentra la antigua prisión porfiriana de piedra que conoció a los ocho años, en la actualidad transformada en museo del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH). En los callejones y en la casa paterna se repartía el botín y se convivía con los asesinos. Pese a ello, el autor ha aprendido un oficio en las palabras que lo ha enriquecido y lo ha alejado del mal camino. Sigue de cualquier modo fiel a sus raíces, a los orígenes, a la solidaridad tribal, y de esta manera se ha configurado como voz de los que no tienen voz, de los marginales, de los nacidos para perder, de los oscuros y desposeídos.

 

martes, septiembre 29, 2020

 Linderos alucinados, de Carlos Sánchez

Ramón I. Martinez


 

A veinte años de que viera la luz la primera edición en ediciones La Cábula, la obra inaugural de la bibliografía de Carlos Sánchez es reeditada de nuevo (2020), ahora en Cuadernos del MamboRock (veinte años después): Linderos alucinados, breve libro que hoy como antes viene a contarnos las verdades de la raza del barrio, sus aventuras, sus crímenes, sus infortunios, sus leyendas, sus mitos, a despecho de la voz autoritaria de la nota roja.

Linderos… es la voz de los que no tienen voz, la otra historia, narrada desde la perspectiva de los nacidos para perder, de los desposeídos de todo menos de sus ganas de vivir y los callejones que son el origen que comparten con el autor, oriundo del barrio de Las Pilas, de manera que estamos no ante un frío narrador omnisciente sino ante un testigo de sangre y carne y huesos que hilvana relatos desde su infancia hasta su juventud, que son crónicas, que son testimonio de la existencia de quienes no aparecen en las emperifolladas notas de las páginas de sociales de la alta alcurnia hermosillense.

Con un lenguaje que es fiel a las raíces se nos van delineando verosímilmente personajes que pertenecen a la singular tradición hispánica de la picaresca tan ligada a los barrios y a la clase baja como la playa al mar. El lenguaje, fidelísimo reflejo de la violencia cotidiana que se ha anidado en los costados como el Cerro de la Campana en el paisaje de Hermosillo. El lenguaje del barrio, de los antepasados, de la raza que pernocta entre la loquera y los límites. Un lenguaje que es hijo de los tiempos y que con ellos ha de persistir o morir.

Estas crónicas, donde periodismo y literatura se entrelazan y celebran sus bodas, están distribuidas en tres secciones del libro: “El barrio” nueve, “La ciudad” seis, “Retratos” diez. Veinticinco crónicas donde el Pando (padre del autor) es una figura referencial de cómo se cierran los ciclos. Con la muerte que a todos nos iguala. El Pando, José Antonio Sánchez, una de las dos personas a quién está dedicado el volumen en cuestión. La otra persona es el Nito, Jesús Amado Morales Núñez, su compa.

 

Hace cincuenta años que busco a Dios,

sistemáticamente, en Las Pilas.

Me faltan otros barrios,

como La Hacienda o La Matanza,

pero creo que difícilmente esté en Las Pilas…

 

(Parafraseando a Ernesto Sábato)

 

Así reza el epígrafe que abre el libro. Estamos ante las situaciones-límite donde la existencia naufraga y donde la pertinencia de la idea de Dios queda en entredicho. Situaciones tales como la muerte, la enfermedad, los males inherentes a nuestra condición humana. Los personajes cobran peso, entraña, aliento, respiración y carne, son cercanos, hechos de sentimientos y la fuerza irrefrenable del azar que nos marca, aunque no para siempre ni para cualquier suerte. Linderos… viene a resultar sinónimo de límite, de frontera.

Nos dice Luis Enrique García (una de las voces de mayor prestigio en la narrativa sonorense) en la nota introductoria de esta edición, la misma nota de hace veinte años: “Linderos alucinados, de Carlos Sánchez, más que un título que permite asomarse al interior desde antes de la entrada, más que el muestro de un lenguaje que por su particular pintoresquismo y estructura parecería ser el elemento protagónico, y más que un recuento de personajes y situaciones dignos de una picaresca postmoderna, el libro se deja leer como el saldo de un estrato y un status que, aun cuando recortado por la dimensión del libro y el género mismo, resulta válido si se quiere llevar a una perspectiva social de mayores vuelos y consecuencias.” De todo esto da fe el libro que nos ocupa, aunque no es un muestrario folklórico sino una carta abierta a los elementos de la más varia estirpe que pueblan las noches y los días de la gente del barrio, desde la raza y todo lo que conlleva.

domingo, agosto 16, 2020

Francisco Trejo, Sumario de los ciegos

Ramón I. Martínez

Estamos ante la deslumbrante aparición de la madura obra del joven poeta Francisco Trejo (Ciudad de México, 1987), Sumario de los ciegos. (Antología personal), New York,  Nueva York Press, 2020, colección Piedra de locura, 9. Trejo es, además de poeta, ensayista. Investigador y editor, Maestro en Literatura Mexicana Contemporánea por la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), autor de ocho poemarios publicados. De estos últimos el presente libro antóloga cinco, El tábano canta en los hoteles (2015), Canción de la tijera en el ovillo (2017), De cómo las aves pronuncian su dalia frente al cardo (2018). Balada con dientes para dormir a las muñecas (2018), Penélope frente al reloj (2019).

El joven maestro recapitula casi diez años de escritura publicada en un lapso similar. Es el recorrido del artista ante los hallazgos poéticos que son el rememoro de la intermitencia de la ceguera frente “…la pira de la muerte que siempre conduce a la poesía”, en palabras del autor en la nota preliminar, yendo de sus obras más antiguas a las más recientes, en un proceso cronológico (diacrónico) que da fe de la evolución de un talento que siempre practica la autocrítica de un modo muy sano.

Juzgue el lector, Flora, el amor nuestro,

este drama jocoso, 

esta ópera de humanos aguijones.

En este fragmento del poema “Exordio” (p. 19) que abre la antología personal, podemos encontrar una clave de lectura del volumen, dedicado “A mi padre” como figura señera de la poética. Observe el lector atento cómo el poema instaura una representación de sí mismo como testimonio de la vida, de la experiencia transfigurada en el verso. El amor es el más hondo llamado de la sangre. Y la poesía su más prodigioso canto y su más fervoroso cumplimiento, no sólo dramático sino jocoso.

El autor utiliza el epigrama para manifestarse, sobre todo en sus primeros libros, que merced a la publicación ya no son sólo suyos sino nuestros, también. Según el Diccionario Panhispánico de Dudas de la Real Academia Española, “epigrama” significa “’Poema breve e ingenioso y generalmente satírico’ y ‘pensamiento expresado con brevedad y agudeza’(…)” Es una forma poética heredada de la antigüedad clásica grecorromana, por cuya mitología se ve tan influido Francisco Trejo, de modo que la hace suya y la restaura en una mitología personal. Tenemos como muestra un botón, el siguiente poema titulado “El pescador” (p. 42):

                El hombre sale a la calle y presume a su esposa.

                “Flora es el mar” le dice

                                                               al que diario pesca en ella.

Un recurso literario al que acuden poetas mayores como Héctor Carreto y que el autor que nos ocupa tiene a bien explotar. Declara el autor su vocación de brevedad en el poema “El suicidio del poeta” (p. 51):

            Supe que Flora no me ama,

por eso voy a suicidarme;

pero no esta noche:

será cuando le haya dedicado

cientos de epigramas

y éste, apenas,

inaugura la enjambría.

Otro poeta cuya influencia también es notoria, es el sonorense Abigael Bohórquez (1936-1995), no sólo porque es citado en los epígrafes de varios de sus poemarios y en algunos versos referido como personaje, sino por la alusión a los hoteles y moteles, sobre todo en su poemario El tábano canta en los hoteles, que connota el B. A. y G. frecuentan los hoteles de Bohórquez. También se nota la influencia en el manejo de neologismos surgidos a partir de las palabras compuestas. Como en el siguiente poema del cual cito un fragmento. Este poema va hilado después de otro donde se ha declarado que es el minotauro, híbrido de toro y hombre. A semejanza de él, sus palabras también pueden ser híbridos nacidos de la composición (p. 60):

II.

Antes de ser carnempavesida, quiero crepitar con el garbo de la liebre: ser estruendo sobre los galgos azules de la hoguera (…)

El poeta también es un híbrido, que canta a pesar de que no se gane el aplauso de la multitud o se gane el aplauso de unos pocos. Un ser extraño que es feliz, pese a lo mal hecho del mundo, el cual ha sido dejado de la mano de Dios. No es que Dios no exista sino que se ha desentendido del mundo. Colección nocturna de las voces que nos habitan. Arte de amar y arte de vivir. Perfección epigramática, brillante en sus hallazgos poéticos. Contundente y conciso, en la precisión de la palabra. Trágico y eróticos lugares. La ausencia paterna, significativa y elocuente. La madre, sufrida y amante. Son constantes (junto con la Mitología) en la obra de Francisco Trejo. Así también la muerte como figura gravitacional del alma, y de la poesía. Como en “Sueñera” (p. 139):

                La muerte esté dormida en mi pecho

                                                                               --y mi canto es su sueño recurrente.

Asimismo, en el fragmento siguiente del poema que da título a la antología, “Sumario de los ciegos” (p. 183):

           Madre, mi edipismo consiste

en arrancarme los ojos

para nunca ver el aspecto de tu muerte

Una figura mítica recogida en el volumen es Telémaco, el hijo de Ulises. Hijo que creció sin el padre, estando ausente de la casa por encontrarse en el extranjero. Una ausencia prolongada. Como en el siguiente fragmento de la “Invención de Telémaco” (p. 196):

Pero más que ropa,

yo encontré mi propia piel

en un libro de mitología griega

que olvidó mi padre

al irse de casa.

Una novedad literaria a la que vale la pena acudir, este Sumario de ciegos es un libro que, audaz, nos invita a la lectura espaciosa y que nos interpela desde su claridad de espejo. Larga vida al poeta Francisco Trejo.