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martes, abril 26, 2022

La banalidad de los hombres crueles, de Norma Lazo (Lumen, México, 2022)


 "Dentro de dos horas ejecutarán a Ekaterina y meses después enviarán a Nastia al gulag. No se sabrá nada de ellas ni del capitán durante años. Su apellido, Nikoláyev, será borrado de la historia rusa por un tiempo. La Comisaría del Pueblo para Asuntos Internos mantendrá el trato de traidores para él y su familia" (p. 88). Tres tremendas historias se entrecruzan en esta novela, donde la crueldad banal de los hombres no opaca la proverbial hospitalidad que se da entre personajes aparentemente distantes pero bastante entrañables.  

Tres historias distantes (Tokio, 1971; Vladivostok ,1938 y 2019; México, 2019) en el tiempo que se conectan en una voz narrativa omnisciente que delinea el retrato psicológico de los personajes: un director de cine japonés que intenta suicidarse al fracasar su más reciente película, un capitán ruso acusado de espionaje junto con su familia durante el stalinismo, un mexicano de ascendencia japonesa que debe regresar de Rusia a México por el intento de asesinato contra su hermana mayor.

miércoles, febrero 03, 2021

Para ti no habrá sol, de Carlos Sánchez



Ramón I. Martínez 

El cielo tiene playas donde evitar la vida 

y hay cuerpos que no deben repetirse en la aurora 

Federico García Lorca 

 

Con este hermoso epígrafe se abre la más reciente del versátil escritor Carlos Sánchez (Hermosillo, Sonora, 1970) y puede ser la clave para entender el destino de la tribu yaqui, narrado desde la perspectiva de la niña que llega a joven, Sewa, narradora-personaje donde se incrustan otras voces, como su novio Nicanor, su abuelo Juan, su abuela Tula, y otros personajes de la historia testimoniada de una tribu que se resiste a morir, aferrada a su identidad, a su territorio, a su religión, a sus costumbres. Tal cual reza un fragmento del juramento yaqui: “En el puesto que has sido asignado, ahí te quedarás para la defensa de tu nación, de tu gente, de tu raza, de tus costumbres, de tu religión.” Con estas palabras, los capitanes yaquis dan autoridad a los nuevos oficiales, quienes agachan sus cabezas y responden: ehui (Sí) 

Precisamente de las primeras palabras de dicho juramento, toma título esta novela “Para ti no habrá sol” en una clara clave de lectura de esta obra: El relato se torna en testimonio del cumplimiento del juramento desde tiempos inmemoriales de la resistencia heroica de la nación yaqui. El abuelo Juan rememora cómo su hermano Rufo fue abatido arteramente por las balas porfiristas y cómo nació en Hermosillo el barrio de la Matanza, porque se erigió ahí un matadero de ganado, cerca de la cárcel edificada en los últimos años por los yaquis esclavizados por el delito de ser yaquis. Sus mujeres se asentaron entonces en el barrio de la Matanza al pie del cerro de la Campana (al igual que la cárcel que hoy es museo del INAH) de cuya piedra se hizo el presidio donde los yaquis labraron su propia prisión a costa de sus propias vidas. La Matanza donde cada Cuaresma y Semana Mayor se hacen enramadas que ellos en su sincretismo llaman “Iglesias” y donde anualmente se renueva la identidad a través de las tradiciones y el baile de los Fariseos y los Pascolas. 

Sewa va a la primaria cuando niña y le entrega un papel estraza escrito con carbón donde le confiesa a su abuelo que ella quiere ser cantante de Semana Mayor. Éste se conmueve hasta las lágrimas y la abraza. Le dice que se lo dirá a las autoridades tradicionales para que lo tomen en cuenta. También le dice que él ya presentía que ella estaba reservada para grandes cosas. Y que quiere que así de bonito escriba la historia de la nación yaqui, que él le contará. 

Desde el principio de la novela se nos plantea la tragedia de Nicanor, estéril yaqui que desea hacer familia con Sewa. Y su pérdida marca a este personaje-narrador femenino tan bien construido por el autor. 

miércoles, diciembre 23, 2020

El personaje gay en la obra de Luis Zapata, Oscar Eduardo Rodríguez (Fontamara, 2006)


Ramón I. Martínez 

 

Hay varias formas, muchas, de escapar del aburrimiento y de eso que se ha dado en llamar el tedio de la vida. Una de ellas es ser gay. Otra es escribir como un gay. Otra más es leer lo que escriben los gays acerca de sí mismos y de su comunidad. 

Llamas y Vidarte  

Homografías 

Con este epígrafe se abre el brillante ensayo que nos ocupa, el cual es una atenta invitación a recorrer la excelente narrativa de Luis Zapata. La homosexualidad es un tema milenario en la literatura occidental y no siempre ha podido escapar de la condena y los prejuicios.  No es la intención de Rodríguez hacer la relación o la crítica de las obras que han tocado el tema homosexual. Eso escaparía a la delimitación del tema y sería una obra enciclopédica que rebasaría los objetivos de este trabajo. “Mi intención es, antes de abordar la obra del autor que aquí nos ocupa, hacer, tan sólo, una breve mención de las obras vastas y minuciosas, aunque no exhaustivas que autores como Gregory Woods han realizado en torno a dicha producción a la que me habré de referir en el futuro indistintamente como literatura gay o literatura homosexual”. (p. 11) Así nos advierte Óscar Eduardo prudentemente en la Introducción de su libro. Y cumple con su cometido.  

Las obras que son objeto de análisis y crítica en este libro son las novelas Hasta en las mejores familias (1975), El vampiro de la colonia Roma (1979), Melodrama (1983), En jirones (1985), La hermana secreta de Angélica María (1989),  ¿Por qué mejor no nos vamos? (1992), La más fuerte pasión (1995) y algunos libros de cuentos. Vale decir que lo que pretende Óscar Eduardo Rodríguez es analizar en las obras seleccionadas la figura homosexual en posición protagónica que, a su juicio, es la que predomina en la obra de Luis Zapata.  

Hay abundantes citas textuales de parte del autor, que de esta manera ha procurado “aportar los elementos que permitan al lector de este trabajo llegar al contexto intratextual acumulado aun sin haber leído la obra completa” (p. 148) Es decir, lo que se ha pretendido al abordar los rasgos estilísticos ha sido evidenciar la relación de estos “con un modo de pensar, sentir, hablar y decir de un sector específico de la sociedad mexicana”. 

A lo largo de un acucioso análisis, logra establecer como técnica narrativa recurrente en la obra estudiada el dialogismo: “Por otra parte, en el entendido de que es la figura homosexual la que prevalece en la obra de Zapata, es comprensible que se privilegie el diálogo sobre cualquier otra técnica narrativa, ya que los homosexuales por años --por no decir siglos-- han sido una minoría silenciada y silenciosa, no sólo en la literatura, sino también en la sociedad” (p. 159) 

Para coronar el atinado análisis de la obra de Luis Zapata, el autor complementa el libro con una entrevista realizada con el narrador en septiembre de 2004, en la cual Zapata da cuenta de su oficio literario, de sus obsesiones, de sus perspectivas respecto a su propio quehacer. Cabe señalar que la portada del libro en su esquina inferior derecha reza “sexualidad”, pero obviamente no estamos ante un libro de tal tema sino ante un ensayo literario de altos vuelos.                              

martes, octubre 13, 2020

 


Matar: El verbo del asesino

Ramón I. Martínez

 

Ha aparecido la tercera edición de Matar. Crónicas desde el infierno, de Carlos Sánchez (Proceso, 2020). Su primera edición data de 2011, publicado por el Instituto Sonorense de Cultura, cuando un año antes ganara el Concurso del Libro Sonorense, precisamente en el género de crónica. El autor (Hermosillo, 1970) es periodista y escritor, cultiva varios géneros (dramaturgia, novela, cuento, crónica), imparte talleres literarios y de fotografía en correccionales y cárceles desde hace veinticinco años (labor docente heredada del poeta Abigael Bohórquez), y conoce las penitenciarías desde la infancia, cuando visitaba a los papás de sus amigos. Hoy visita a los hijos de sus amigos y no descarta que, en un futuro, a los nietos.

Las crónicas que nos ocupan, pertenecen a un género a caballo entre periodismo y literatura,  testimoniales relatos elaborados a partir de entrevistas de primera mano con los asesinos, donde se rescata el lenguaje del barrio, de la clase popular. No busca agradar a nadie sino ser un puente entre el lector y el asesino, tratando de mostrar las circunstancias y motivos que lo llevaron a tomar la decisión que le cambiaría la vida y a segar la del otro. No se trata de la parca nota roja escrita a partir de los partes policíacos donde el indiciado está condenado de antemano, sino de testimonios vívidos y pormenorizados donde se pueden oler las emociones, ver los casquillos o la daga o navaja, saborear la cerveza y el baile. Se desvaloriza el adagio que reza “muerto el perro se acabó la rabia”, pues muerto el asesino seguirán los asesinatos, pues perviven los motivos y las circunstancias que llevan a matar. No se justifica ni se hace apología del crimen, como sí parecen hacerlo quienes ensalzan y glorifican criminales, sino que se acerca al infierno que viven personas con preocupaciones parecidas a las nuestras (la familia, el sustento) orilladas por las circunstancias y el destino que los llevaron por la mala senda. Se ha protegido la identidad de los que dieron testimonio.

Infancia es destino. O dicho de otra manera (paradójica): Origen es destino. Carlos Sánchez, como ya apuntamos, conoció las cárceles siendo niño en solidaridad con sus amigos de la infancia visitando a los padres de estos, en el populoso barrio de Las Pilas, donde se encuentra la antigua prisión porfiriana de piedra que conoció a los ocho años, en la actualidad transformada en museo del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH). En los callejones y en la casa paterna se repartía el botín y se convivía con los asesinos. Pese a ello, el autor ha aprendido un oficio en las palabras que lo ha enriquecido y lo ha alejado del mal camino. Sigue de cualquier modo fiel a sus raíces, a los orígenes, a la solidaridad tribal, y de esta manera se ha configurado como voz de los que no tienen voz, de los marginales, de los nacidos para perder, de los oscuros y desposeídos.

 

martes, septiembre 29, 2020

 Linderos alucinados, de Carlos Sánchez

Ramón I. Martinez


 

A veinte años de que viera la luz la primera edición en ediciones La Cábula, la obra inaugural de la bibliografía de Carlos Sánchez es reeditada de nuevo (2020), ahora en Cuadernos del MamboRock (veinte años después): Linderos alucinados, breve libro que hoy como antes viene a contarnos las verdades de la raza del barrio, sus aventuras, sus crímenes, sus infortunios, sus leyendas, sus mitos, a despecho de la voz autoritaria de la nota roja.

Linderos… es la voz de los que no tienen voz, la otra historia, narrada desde la perspectiva de los nacidos para perder, de los desposeídos de todo menos de sus ganas de vivir y los callejones que son el origen que comparten con el autor, oriundo del barrio de Las Pilas, de manera que estamos no ante un frío narrador omnisciente sino ante un testigo de sangre y carne y huesos que hilvana relatos desde su infancia hasta su juventud, que son crónicas, que son testimonio de la existencia de quienes no aparecen en las emperifolladas notas de las páginas de sociales de la alta alcurnia hermosillense.

Con un lenguaje que es fiel a las raíces se nos van delineando verosímilmente personajes que pertenecen a la singular tradición hispánica de la picaresca tan ligada a los barrios y a la clase baja como la playa al mar. El lenguaje, fidelísimo reflejo de la violencia cotidiana que se ha anidado en los costados como el Cerro de la Campana en el paisaje de Hermosillo. El lenguaje del barrio, de los antepasados, de la raza que pernocta entre la loquera y los límites. Un lenguaje que es hijo de los tiempos y que con ellos ha de persistir o morir.

Estas crónicas, donde periodismo y literatura se entrelazan y celebran sus bodas, están distribuidas en tres secciones del libro: “El barrio” nueve, “La ciudad” seis, “Retratos” diez. Veinticinco crónicas donde el Pando (padre del autor) es una figura referencial de cómo se cierran los ciclos. Con la muerte que a todos nos iguala. El Pando, José Antonio Sánchez, una de las dos personas a quién está dedicado el volumen en cuestión. La otra persona es el Nito, Jesús Amado Morales Núñez, su compa.

 

Hace cincuenta años que busco a Dios,

sistemáticamente, en Las Pilas.

Me faltan otros barrios,

como La Hacienda o La Matanza,

pero creo que difícilmente esté en Las Pilas…

 

(Parafraseando a Ernesto Sábato)

 

Así reza el epígrafe que abre el libro. Estamos ante las situaciones-límite donde la existencia naufraga y donde la pertinencia de la idea de Dios queda en entredicho. Situaciones tales como la muerte, la enfermedad, los males inherentes a nuestra condición humana. Los personajes cobran peso, entraña, aliento, respiración y carne, son cercanos, hechos de sentimientos y la fuerza irrefrenable del azar que nos marca, aunque no para siempre ni para cualquier suerte. Linderos… viene a resultar sinónimo de límite, de frontera.

Nos dice Luis Enrique García (una de las voces de mayor prestigio en la narrativa sonorense) en la nota introductoria de esta edición, la misma nota de hace veinte años: “Linderos alucinados, de Carlos Sánchez, más que un título que permite asomarse al interior desde antes de la entrada, más que el muestro de un lenguaje que por su particular pintoresquismo y estructura parecería ser el elemento protagónico, y más que un recuento de personajes y situaciones dignos de una picaresca postmoderna, el libro se deja leer como el saldo de un estrato y un status que, aun cuando recortado por la dimensión del libro y el género mismo, resulta válido si se quiere llevar a una perspectiva social de mayores vuelos y consecuencias.” De todo esto da fe el libro que nos ocupa, aunque no es un muestrario folklórico sino una carta abierta a los elementos de la más varia estirpe que pueblan las noches y los días de la gente del barrio, desde la raza y todo lo que conlleva.