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jueves, junio 17, 2021

Una voz que se niega al olvido

 

 

Ramón I. Martínez


Haciendo una relectura del libro de ensayos Abigael Bohórquez. La creación como catarsis, de Ismael Lares (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2012), es posible encontrar entrelíneas el espíritú indómito del poeta, dramaturgo y promotor cultural Abigael Bohórquez (Caborca 1936-Hermosillo 1995). Abigael aceptó, rebelde pues a todo límite, la dura suerte de ser un poeta en la semipenumbra del siglo veinte, que empieza a ser reconocido en estos inicios del siglo veintiuno.

Poeta de culto, su obra ha sido escasamente abordada por la crítica. Tenemos por ejemplos el trabajo de de tesis de maestría de Ana Álvarez, el libro Abigael Bohórquez: Pasión, cicatriz y relámpago del Dr. Miguel Manríquez, así como el ensayo que Hernán Bravo Varela dedica al poeta en su libro Los orillados. En efecto, Bohórquez ha sido orillado por las principales antologías de poesía del pasado siglo y por la crítica, académica o no, a permanecer casi oculto. Es una voz que se niega al olvido. De ahí el valor del libro de Ismael Lares, joven crítico que da fe del descubrimiento de una voz que se niega al olvido.

“Poeta a imagen y semejanza de la poesía” como lo calificara Efraín Huerta en el poema-prólogo de Las amarras terrestres (1969), poemario fundamental en la obra del caborquense. Fue un poeta hijo de la modernidad, por lo mismo relegado, a la vez que crítico de la injusticia y desigualdad sistemáticas. Cantó su amor, abiertamente homosexual, lo que le acarreó no pocas malquerencias y ninguneos. Fue la suya una poesía de múltiples influencias, como los Siglos de Oro, la Generación de Contemporáneos, la Generación de 1927.

La poesis aristotélica es un concepto que Lares toma como preámbulo en el ensayo inicial de este libro, “La creación como catarsis” y señala: “Un elemento necesario en la creación poética es la capacidad para desbordar la conciencia, aceptar la creación como una catarsis (catharsis para definir el acto de purgación de las emociones) del pensamiento innovador” (p. 10) No sé hasta qué punto exista una purgación de las emociones en la poesía bohorquiana, puesto que “catarsis” es un término que Aristóteles liga más con la poesía dramática que con la poesía lírica, pero es notable que ésta es admirada como dadora de vida, de renovada vigencia y avasalladora. Más que purgar las emociones, las comunica y es en el lector donde ocurre la catarsis, un purgar sus propias inquietudes para identificarse con el poema y, como dice Lares, busca Abigael “renacer a una nueva vida que se le brinda en el ejercicio poético”, a la manera de los misterios de Eleusis de la antigua Grecia.


Hace cincuenta años

que nací pedigüeño de amor,

y voy de paso

al paso

antojadísimo

de que al menos tú, Muerte,

no me abandones.


Estos versos de Poesía en limpio (1990) son un testimonio del recurrente memento mori que tuvo Abigael Bohórquez desde su primer poemario, Ensayos poéticos (1955). Ya desde joven perfilaba el amor y el desamor, así como la denuncia y la protesta, en un poema tan celebrado como “Llanto por la muerte de un perro” (1957). Éste es un poema antológico, que es un canto de amor, es una elegía, una protesta y una denuncia social. En palabras de Ismael Lares, es “el poema entonces un punto de reconciliación. La catarsis como liberación y reencuentro. Muerte y renacimiento cotidiano. La expulsión y liberación de sentimientos es una catarsis. Abyección como método catártico para la purificación del ser”. La abyección puede ser tomada en el sentido de humillación. Aquí Lares habla de la “escisión elemental entre lo agradable y lo desagradable”. (p. 19) Fue Abigael un ser desagradable o incómodo para la cultura oficial: abyecto. Pero él lo eligió así, al alzar la voz para manifestarse tal cual era, levantando su amor a plena luz, en media calle. Abiertamente gay, con un homoerotismo que escandalizó a la conservadora sociedad mexicana de entonces. Y de hoy.

“Quizá la verdadera vocación de Abigael haya sido la de rebelde” (p. 25) Así pues, decidió ser un transgresor consuetudinario a las normas de comportamiento convencional, según lo declara en su texto “Corazón de naranja cada día” (1993), donde el ya maduro poeta hace una rescisión de su propia trayectoria, que no desentona con su declaraciones de principios anteriores, incluidas en su poemario Acta de confirmación (1966).

Dentro de su amplio registro temático, Abigael tiene no sólo el homoerotismo y la poesía de protesta. También están los poemas civiles (donde se canta a héroes olvidados), el amor al desierto natal y a la aquilina tribu, y destaca el amor a Sofía, su madre. De todo esto pasa revista Ismael Lares, quien aunque no pretenda hacer un tratado exhaustivo de la poesía bohorquiana, sí ofrece una panorámica bastante interesante de la misma. Pertenece Ismael Lares a la estirpe de los críticos que se abocan al descubrimiento de Abigael Bohórquez. Un libro que se agradece y que han de agradecer las nuevas generaciones de lectores del vate sonorense. Demos tiempo al tiempo.


 

domingo, enero 10, 2021

Veinticinco años de ausencia que es presencia

 


Ramón I. Martinez

El pasado mes de noviembre de 2020 se cumplió un cuarto de siglo de la muerte del poeta, dramaturgo, promotor cultural, hombre de teatro y maestro Abigael Bohórquez (1936-1995), de Caborca, Sonora, México para el mundo.

Hace 25 años ya que su voz fuerte que se levantó en su desierto natal nos dejó en la orfandad a cuantos lo amamos y guardamos una deuda de gratitud para un hombre cuya generosidad sólo fue superada por su talento en el difícil arte de amar. Era un corazón a la intemperie, dando amor aunque no siempre correspondido, como rezara en uno de sus poemas más celebrados, incluido en su libro Poesía en limpio: “Hace cincuenta años, que nací pedigüeño de amor, y voy de paso al paso, antojadísimo, de que al menos, tú, muerte, no me abandones.” Nos abandonó, y de muchas partes le lloramos.

Abigael, aunque rodeado de amigos y amigas, murió en el abandono, solo y sin molestar a nadie, tal como él lo hubo de profetizar. Dejado de la mano de los promotores y dejado a su suerte por los servicios médicos de salud que no atendieron, de manera adecuada, la afección cardíaca que no tardaría por llevarlo a la tumba. La misma tumba que durante algún tiempo fue la imagen del abandono al carecer de una cruz madera que poco después le colocaría amorosamente Claudia Platt, la afamada fotógrafa hermosillense.

El 28 de noviembre de 1995, en su humilde departamento de la calle Reyes en Hermosillo, fue hallado por la mañana su cuerpo sin vida por su amado Yoremito que venía de atenderse una herida que un clavo le había causado en el pie. Yoremito, su último muso, albañil y joven entonces, que aún le profesa devoción en la actualidad. Rápidamente como de rayo se corrió la voz y el maestro Jesús Antonio Villa Rodríguez tomaría cartas en el asunto, manejando su coche y sin dejar de decir “chingada madre”.

Un poeta congruente con su propio ser, que se supo asumir como homosexual y no temió cantar El Otro Amor. Aunque esto lo convirtió en su momento en piedra de escándalo de los hipócritas y blanco de las críticas y de la homofobia. Canto con toda la belleza de la que era capaz un poeta bajo cuya poesía se encontraban enterrados varios hombres.

Su poesía se encuentra viva en poetas jóvenes y otros maduros que no necesariamente lo conocieron, porque la obra ha trascendido al personaje, cosa que no se podría decirse de quienes lo vituperaron desde el poder y el ISC en su momento. Poetas tales como Ricardo Solís, Jorge Ochoa, Josefa Isabel Rojas Molina (entre sus amigos) César Cañedo, Elvis Guerra, (de la nueva generación) y un larguísimo etcétera de noveles lectores de sus versos.

Hace algunos años alguien afirmó que en rigor Bohórquez tenía más admiradores que lectores. Esta realidad ha sido revertida, destacando la labor emprendida por el Dr. Gerardo Bustamante Bermúdez al recopilar hace pocos años su poesía completa e inédita además de trabajos de rescate de su dramaturgia. Destaca también el trabajo de la Dra. Ana Álvarez que ha estudiado acuciosamente la poesía de Bohórquez y su cariz autobiográfico. Mención aparte merecen también la obra de promoción de la obra de Bohórquez que han realizado tanto la cineasta y amiga del bardo Mónica Luna (quien le dedica un impecable documental) y el poeta tabasqueño Dionicio Morales quien le publicó póstumamente una impecable antología Las Amarras Terrestres (2000).

Salve, Abigael, los que hemos de morir te saludamos.

domingo, septiembre 26, 2010

CANCIÓN DE AMOR Y MUERTE POR RUBÉN JARAMILLO, por Abigael Bohórquez



Antes,
pero mucho más antes de este racimo agrio
de uvas desencantadas,
pero mucho más antes de este fraude,
estrictamente mío,
en que me duele decir con diferente voz: México, patria;
pero mucho más antes de este alacrán subiendo por mi tráquea,
de este ogro sin semilla que me azuza
la desesperación,
pero mucho más antes de este desfalco amargo
del sustantivo libertad,
ya estabas tú de pie, Rubén,
levantado en tu lucha por la tierra,
anticipadamente muerto,
con el tiro de gracia madurando tu fracaso inaudito,
madurando tu centella ilusoria,
alimentando
tu pobre fe en confiadas instantáneas
del señor presidente,
ya estabas tú de pie, Rubén,
cierto seguramente en que sería
tu lucero amputado,
tu mano rota y derramada y sola,
tu humilde aurora abierta sin permiso,
tu cuerpo puro asaeteado y pobre
tu ingenua espera de aguardar hipócritas
palmadas en el hombro...
Ya estabas tú de pie, Rubén,
de muerte entera. Nosotros lo sabíamos.

(Todo empezó en la voz amordazada;
todo empezó en los túneles del viento
cuando estaba penado ser espiga.
Ay, alacrán a cuestas,
quiénes somos nosotros?
No habrá quién nos liberte?

Todo caía en pozos sin remedio,
en la muela el amor no respondía
porque no fue palabra nunca felicidad.
Hazme una cruz de cólera.
Toma el escupitajo.
Qué, no habrá quién nos salve?

Tuyas, patrón, la tierra, la mujer y la hija,
el perro y la cosecha;
mías las lágrimas, la bofetada,
sólo mías la cicatriz, la esclavitud,
la tisis;
tuyo, patrón, el vaso del aroma.

Abajo se venía, tumbada por el látigo,
horas antes del parto, la alarma prematura.

Todo empezó en los glóbulos del hambre.
Ay, cadáver dentro del cadáver a cuestas,
quiénes somos nosotros,
no habrá quién nos despierte?
Todo empezó al pudrirse el cascarón del sueño,
al esfumarse el límite de la desolación,
al caer de la rama, harta, la sed.

Carpintero, hazme un árbol;
herrero, hazme una espada para este desamparo.
Tuyas, patrón, la gula y el banquete,
el granero y la vaca;
mías la anemia, mías, pero mías también
la rabia y la saliva.
Estábamos hartos de puntapiés.
Hartos de comer mierda).

Cuando nos dimos cuenta de que de cualquier memoria
nos llegaba el azote a mitad de la cara,
y todo era una herencia,
hasta el dolor;
cuando supimos que no lo era bastante
el reverso del canto
donde sangrar en paz;
cuando buscando dónde aullar,
recorridas la muerte y el invariable espanto;
cuando alzadas paridoras patéticas,
echando afuera inconcebibles
hijos muertos adentro,
alzándolos en vilo,
estrellándolos contra el avance del desorden;
cuando la tierra fue más que levantar de bruces
el pulmón del estiércol;
cuando, a pesar de que existiera la mirada
como la única fuerza,
y bajaba la mano hasta la sangre
para entender su cauce;
cuando todos los días
se estaba de visita con el hambre,
y respirábamos
todo lo que no era sino el aire;
cuando crecíamos a falta de otra cosa
y fuera del alcance del durazno;
y a pesar de la lividez de las hachas
esperábamos nada
sentados sobre las lágrimas; 
cuando creímos que, sin embargo, habría
que romper las compuertas
del hábito de sufrir;
cuando olfateamos que no más deberíamos
perder el tiempo para sembrar;
cuando recompusimos, oscilando
entre la fatiga y el desprecio,
los andenes del pecho,
y fuimos al encuentro
del todavía distante amanecer;
cuando indagamos, buscamos, olimos, palpamos,
la simple y pura necesidad de libertad;
cuando ya no quisimos saber más
de estar paralizados;
cuando rodando por el río difícil
enarbolamos la palabra Emiliano,
la recogimos del surco
y le pusimos ira
y nada que tuviera que ver con que te amo;
cuando nos regalamos
todo lo que era nuestro
y marchamos endurecidos de gentío;
cuando la poesía huyo de los libros
y vino a cada puño
gritando amar al enemigo en sus cadáveres
y ya no disimulamos la táctica,
el resplandor, la pólvora,
ya estabas tú, de pie, Rubén,
desalentadamente
muerto.

Ay, claro hermano de todos los caídos
por procurar larga larga gota de agua
y dársela al sediento,
padre
de tantos más cargados de otros sueños
por defender la luz que ya no existe
para los desgarrados, negros, negrísimos medigos
de la negada tierra;
allí está tu mujer,
deteniendo en su cuarto ametrallado
la inocente semilla;
allí están tus tres hijos, reventados
sobre su propia oscurísima esperanza;
y sobre todo, abofeteado, el hombre,
nuevamente Zapata masacrado,
fatalmente, otra vez, crucificado,
y ahí está, peor aún, México nuerto,
y tu asesino, vivo, deificado.

Te acabaste Rubén de cuerpo entero,
pero de muerte entera estás presente;
otro Rubén vendrá
como en ti palpitaba aquel caudillo,
y otra vez a Rubén lo harán pedazos,
y otra vez lo estarán agujereando,
y otra vez morirán sus familiares,
sus campanas de plata,
sus dioses sin arado.
Te acabaste Rubén sobre la tierra,
pero no te acabaste,
nunca terminarás, Señor de pobres,
siempre estarás alerta en estos ojos
con los que te lloramos,
con los que yo te lloro,
casi para gritar,
mientras me sube
por la tráquea del asco
el fraude, agrio racimo
de uvas desencantadas,
si digo con voz de esta mañana:
Patria, Santísimos Ejércitos, México, Constitución.

(Canción de amor y muerte por Rubén Jaramillo y otros poemas civiles, 1967)