sábado, mayo 09, 2015

Abigael Bohórquez, Digo lo que amo, reedición 2015. Edición e introducción de Gerardo Bustamante Bermúdez. UACM



En 1976, apareció la primera edición del poemario que hoy se reedita.Los homenajes no siempre están caracterizados por la solemnidad. Ejemplo claro de ello es el homenaje que Cervantes rinde a las novelas de caballería a través del ludismo desplegado en El Quijote: se homenajea parodiando. En este inciso se intentará explicar cómo el poemario Digo lo que amo de Abigael Bohórquez constituye un homenaje a Oscar Wilde. Un homenaje no exento de cierta parodia o imitación burlesca, pues ésta se dirige no contra Wilde, sino contra el proceso judicial que lo condenó.
Dicho poemario fue escrito en 1975, justo cuando se cumplían setenta y cinco de la muerte de Oscar Wilde. Su deceso (1900) estuvo marcado por la tragedia que le significó el haber pasado dos años de trabajos forzados (1895-1897), pena impuesta por los delitos repetidos de gross indecency —ésta es una de las maneras eufemísticas para referirse a las relaciones homosexuales en la Inglaterra victoriana. Reza una de las dos dedicatorias que abren Digo lo que amo:

A LA MEMORIA
de
OSCAR WILDE
en el 75 aniversario
de su muerte.

De hecho, la muerte de Wilde fue resultado directo de dicha pena de trabajos forzados, la cual lo dejó moral y físicamente dañado, sin remedio.
¿De qué forma Digo lo que amo constituye un homenaje a Oscar Wilde como figura trágica durante su proceso? Pudieran encontrarse cuando menos dos respuestas para esta pregunta.
Primera, se le dedica este poemario a Wilde como figura emblemática del amor transgresor. De hecho, el amor se ve presente —en este poemario— como una actitud vital, plena de audacia, subversiva, de rompimiento de las reglas, llena de elementos carnavalescos, que afronta el riesgo y la condena social.
Segunda, se le homenajea a través de una parodia que transforma el funesto fin de Wilde en el satírico destino del personaje lírico que se instaura a lo largo del poemario. La parodia se entiende aquí como imitación burlesca. Si durante su proceso Oscar Wilde se muestra inerme ante sus detractores, el yo lírico del poemario Digo lo que amo se burla y satiriza a esos detractores, se parodian las diversas etapas del proceso judicial a través de los títulos de los varios poemas, así como en el cuerpo de los mismos poemas. A la vez, el yo lírico hace gozoso alarde de su amor a través de una expresión lírica llena de vehemencia. Se trata de un amor que es semejante al de Wilde, es decir, al “amor que no se atreve a decir su nombre.”
Bohórquez inicia su poemario con dos epígrafes que, como tales, resumen los presupuestos del texto que presiden y dan una orientación general para la lectura inteligente del mismo. El primer epígrafe está tomado del poema “Si el hombre pudiera decir”, incluido en el poemario Los placeres prohibidos (1936), de Luis Cernuda.

“Si el hombre pudiera decir lo que ama,
si el pudiera levantar su amor por el cielo
como una nube en la luz;
..................................................................
yo sería al fin aquel que imaginaba;
aquel que con su lengua, sus ojos y sus manos
proclama ante los hombres la verdad ignorada,
la verdad de su amor verdadero.”
LUIS CERNUDA

En general, puede decirse que Los placeres prohibidos es un libro donde el poeta expone y defiende su inclinación amorosa: una defensa del amor. En esa defensa, Cernuda recurre a imágenes audaces que hieren a las mentalidades conservadoras y tradicionalistas, imágenes que no eluden invocar a los hombres amados. En particular, el poema “Si el hombre pudiera decir” expresa el advenimiento de una utopía —por lo mismo, de advenimiento irrealizable— que no deja de dar sentido a la propia existencia.
Es fácil relacionar el primer verso del epígrafe de Cernuda (“Si el hombre pudiera decir lo que ama”) con el título del poemario de Bohórquez (Digo lo que amo). Realmente Bohórquez —a través de la construcción de su yo lírico— logra solazarse largamente en la realización —valga el término— de la utopía que resulta del poema cernudiano. Al solazarse en ella, la recrea.
Si en Cernuda tenemos una poesía de un amor cargado de fuerte erotismo, “más platónico y contemplativo que dionisíaco o sexual”, Bohórquez transforma la herencia cernudiana escribiendo una poesía de amor transida de un erotismo más sexual y dionisíaco que platónico, pero sin dejar de ser contemplativo. Esta actitud contemplativa es manifestada en una ternura vehemente que hace acto de presencia en muchos de los poemas de Bohórquez.
Un segundo epígrafe de Digo lo que amo insiste en la legitimidad del amor verdadero:

Oscar: ¿Crees que estoy aquí por mis relaciones con algunos profesionales del vicio? Pero si Inglaterra entera está llena de hombres así. Tan sólo al día siguiente de mi condena, esos hombres se han sentido amenazados por primera vez. Los hay militares, ministros, nobles... ¿acaso condenaron al Duque de Clarence de la Familia Real Inglesa? Si yo no hubiera a conocido a Douglas, estaría libre y me hubieran permitido el trato con los Parker, los Wood, los que venden su amor en todos los Savoy del mundo entero. Lo que Inglaterra no me perdona son los vicios que encubre con su hipocresía, no me perdona que en mí, sea un gran amor. Por eso se han desatado las fuerzas secretas para marcarme con el fuego y el ridículo. Cuando un amor como el mío desafía la tradición burguesa, se le castiga a trabajos forzados.

Frank: El único amor legítimo, Oscar, es el que une a un hombre y a una mujer.

Oscar: Te concedo que para ti no exista más amor que ese, pero no me lo digas a mí, que me he ofrecido en holocausto.

maurice rostand
el proceso de oscar wilde

Según consta en este epígrafe, Oscar (Wilde) reconoce dos situaciones muy importantes.
Primero, se le está castigando por desafiar “la tradición burguesa”, es decir, por trasgredir el orden establecido por la clase dominante, la burguesía, la cual —según sus costumbres o “tradiciones o pautas de conducta”— no acepta el amor entre iguales: el amor homosexual.
Segundo, el mismo Wilde acepta ese castigo, con tal de no renegar de ese amor, o dicho de otro modo: por ese amor se ha “ofrecido en holocausto” el propio Wilde.
Ambas situaciones pudieran ser resumidas en una sola, de la siguiente manera: Wilde con su amor trasgrede y por ello Inglaterra lo condena. Si en Oscar Wilde el amor que no se atreve a decir su nombre es algo que no puede abandonarse sin denigrar y mutilar la propia alma, en Bohórquez el otro amor es
igualmente lo condenado por la sociedad en el código moral hegemónico, pero con un ingrediente extra: no sólo es irrenunciable la vocación a vivirlo, sino que es menester la rebeldía ante la moral imperante, a despecho de las condenas. Esta actitud es algo distinta a la de Wilde, pues durante su proceso intentó convencer a los demás de su inocencia.
No es extraño que Wilde haya perdido el proceso que se siguió en su contra. Por una parte, no era persona aficionada a las trifulcas judiciales y, por otra, la opinión pública lo había condenado de antemano, lo cual influyó de manera determinante en el juez, ya de por sí predispuesto a permitir mil y una irregularidades durante el proceso con tal de condenar el “pecado nefando de Wilde”. En el fondo de esta condena pública, es difícil no reconocer la actuación de la envidia, “esa pequeña hermana menor de la admiración”, como llama Sábato a este destructivo sentimiento. De todo lo referido en este párrafo da testimonio la biografía realizada por Frank Harris.
De cómo Wilde no iba al pleito convencido del todo, da testimonio el siguiente comentario de Harris: “En un relámpago, vi una parte de la verdad cuando menos. No era Oscar quien arrastraba a Douglas, sino Lord Alfred Douglas quien hacía de Wilde lo que quería.” De hecho, sería muy difícil decir que Douglas (“Bosie”, como lo llamaba cariñosamente Wilde) amara realmente al célebre dublinés. Parecía empeñado sólo en explotarlo económicamente y aprovecharlo para nutrir su propio ego de jovenzuelo revoltoso:

Lord Alfred Douglas ha declarado recientemente:
— Yo gasté en mi trato con Oscar Wilde mucho más de lo que él gastó conmigo.
Pero esto no pasa de ser una ilusión falaz y candorosa. Más cerca de la verdad se halla cuando, en una confesión anterior, declara:
— Era una dulce humillación para mí el dejar a Oscar pagar todos mis gastos y el pedirle dinero.

Esto permite comentar lo siguiente: la experiencia de Wilde respecto del amor fue profundamente devastadora. Era un hombre casado y con hijos que no encontró correspondencia en sus relaciones con hombres y en su familia no encontró ni siquiera comprensión mínima. Acabó solo, enfermo, sin amor. Resumiendo: su pasión por Bosie —y su ilusión por pretenderse amado— fue su ruina, pues acabó no como un rebelde, sino dominado un por rapazuelo. Esto es distinto
a la convicción de Bohórquez por el otro amor, donde se asume desde un principio que el verdadero destino de todo poeta auténtico, de congruencia poética de vida y de obra, acabará siendo —en última instancia— relegado. Como el propio Bohórquez le confesó al poeta Ricardo Solís: “Esto es lo que te espera si de veras quieres ser poeta, esto que ves en mi departamento: miseria y soledad, o si lo prefieres: soledad y miseria”. A decir de Paz: la sociedad burguesa condena a la marginación a los hijos rebeldes de la modernidad, que son los poetas. Como parte de esta rebeldía, sostiene Paz, está la misma defensa que los poetas hacen del amor. Con esta opinión, según se comenta líneas arriba de este inciso, concuerda Bohórquez.
La rebeldía de Bohórquez es lúdica, pues la reivindicación del placer y del amor es su fin. Este ludismo también refiere al lenguaje, pues con él juega y reinventa situaciones, igualmente lúdicas. Como un breve ejemplo de esta característica de su poesía, tenemos el poema “Sentencia”. En él se tiene un humorístico uso del equívoco fónico.

Sentencia

“Jugaréis por instantes del vocablo como decir: Si se mudó en mi ausencia, ya no es mujer estable, sino establo.”
lope de vega
dejadlo al villano pene;
yendo y viniendo;
una vez entrando
y otra vez saliendo
por sécula su culorum;
que pene.

qué pene!!!


Recapitulando, podría concluir este apartado diciendo que en Digo lo que amo la parodia es un recurso cuya finalidad consiste en la renovación de la utopía del amor, amor que vence toda barrera de condena social.
En aras de esta utopía del amor, se satiriza a quienes denostan a los amantes: se les ridiculiza.
Asimismo, el conjunto de los títulos de los poemas semejan (imitan, parodian) un proceso judicial —simbólico— donde los amantes terminan por burlar a sus perseguidores dedicándoles a estos una balada (que en este caso es un balido: parodia de balada de la cárcel de Reading escrita por Wilde). Todo esto logrando —a través del constante uso de la parodia— que el poemario de Bohórquez semeje un gran poema donde se cumple el doble principio del que hablara Paz para el poema largo: unidad y diversidad, a la vez que sorpresa y recurrencia. Al final de la secuencia que forman estos poemas, los amantes que dan libres, indemnes. En la ficción que forma el grupo de poemas de Digo lo que amo, la utopía termina triunfando: el amor y el erotismo se cumplen.
Esperamos que esta reedición de Digo lo que amo vuelva accesible a nuevas generaciones de lectores la poesía disidente y clara de Abigael Bohórquez.Vale.

viernes, abril 17, 2015

Por el camellón del viejo puente, de Alejandro Campos Oliver



El poeta a través del tamiz de sus sentidos, fraseologías, pensares y pesares, se apropia experiencias que no son son sólo suyas sino también de los hombres que antes o después de él han pisado la tierra. Como dijera Ralph Waldo Emerson: “El poeta es representativo. En medio de los hombres parciales es el hombre completo, y no nos pone al tanto de su riqueza, sino de la riqueza común. El joven reverencia a los hombres de genio porque, a decir verdad, ellos lo representan mejor, son más él que él mismo.”
Esta idea del poeta como ente representativo de la humanidad se manifiesta en el poemario Por el camellón del viejo puente, de Alejandro Campos Oliver, donde a través de un imaginario conceptual se vuelve sobre el tema de las ciudades, ese producto de la modernidad. La ciudad, que es una y que es todas, y que admite variados registros lingüísticos y es inabarcable de tan inmensa y, a la vez, tan humana y tan miserable.
El poeta como hijo maldito de la modernidad, de la revolución Industrial, es expulsado de la cadena productiva como un inútil, según analiza Octavio Paz en La otra voz. Poesía y fin de siglo. El poeta se siente ajeno, extraño, a la ciudad que pretende prescindir de él, y es al mismo tiempo la “voz otra” que dice lo que otros quisieran y no saben ni pueden hacerlo.

xix

Caminar hasta el cansancio
perderse si es necesario,
aunque exhausto se llegue
al terreno verdadero
donde se es uno mismo.

El poeta es un noctámbulo que llega a las regiones más oscuras, y cuya salvación es perderse para solamente así encontrarse a sí mismo. Y al encontrarse a sí mismo es Virgilio que desciende al infierno de la ciudad y nos guía con su imaginería. La intuición poética en breves postales vistas en sendos poemas cortos.

xlvii

Cables y tuberías sacuden
las vértebras de los postes,
con sus venas y raíces
reclaman en mutismos
por los ríos de basura
que en su pulso llevan.

La ciudad antropomorfizada, hecha un ser humano (y al mismo tiempo, inhumano) que sufre en el reflejo de quienes la habitan y la llenan de basura, de esa basura externa que es reflejo de otra interna, donde el infierno son los otros, al mismo tiempo que “yo” es “otro”. Un realismo sucio que no deja de llamarnos con la más incitante de las voces para decirnos que también en la ciudad monstrua hay poesía, en imágenes que tienen por momentos resabios estridentistas.

xxxiv

La jaula del consumo
es una lóbrega sonrisa
expelida por el guiño
de un cadáver afanoso.

En un eterno deseo se chamusca.
Laberinto de orines que germinan
en flores de amargos ojos.

¿De quién es ese “cadáver afanoso”? Puede ser de mí, de cualquiera, del otro. Pues ya lo dijo Abigael Bohórquez en su Memoria en la Alta Milpa: “Todos estamos muertos de antemano”. Hecha de “ronquidos de motores” y “caminos fragmentados de ceniza”, la poesía de Campos Oliver tiene la inquietante virtud de sernos una invitación al espejo, a mirarno con más calma en la sucia vorágine de los días.



Alejandro Campos Oliver, Por el camellón del viejo puente, Universidad Autónoma del Estado de Morelos-Ediciones Eternos Malabares-Mester de Junglaría, 2013, 58 p.

lunes, febrero 23, 2015

Cuerpo en mi cuerpo, de Ricardo Solís


Nos dice T. S. Eliot en “East Coker”:

(...) tratando de aprender a emplear las palabras, 
y cada tentativa
es un comienzo totalmente nuevo y un tipo diferente de fracaso,
porque uno sólo aprende a dominarlas
para decir lo que ya no quiere decir, o de algún modo en que
ya no quiere decirlo. (...)

Estas ideas son retomadas por el poeta sonorense Ricardo Solís (Navojoa, 1970) en su poemario Cuerpo en mi cuerpo (Mantis Editores, 2011), donde se tiene el testimonio de una búsqueda poética que abarca ya más de veinte años, con catorce poemarios publicados, siete de ellos galardonados en concursos estatales y nacionales. Se trata de una indagación en los límites y posibilidades de las palabras, del poema que se abre y “cae a la delicia intacta de su peso”, como cantara José Gorostiza en su Muerte sin fin.

Nos dice en un verso de su poema "Lectura (forma de)":

Toda escritura es una forma velada de la ruina

De manera que el poeta se sabe humilde ante las limitaciones tanto de las herramientas como de la materia con que trabaja: la palabra. Solís es conciente de esas limitaciones desde su primer poemario, Poesía nómada (1994), pues es una constante a tomarse en cuenta en la lectura de sus versos. No recuerdo quien lo dijo, me parece que fue Octavio Paz: Todo poema es el borrador de otro poema. Así, toda escritura es una reescritura.

El título del poemario está tomado del epígrafe que lo abre (unos versos de Juan Gelman)

La saludo, la amo cuando
se instala como cuerpo en
mi cuerpo contra
la piel del día...

Cuatro secciones forman el libro: "Parálisis del grito", "Los deberes", "Formas veladas de la ruina", "Regreso de los nombres". Cuatro búsquedas de un decir que sabe como humano condenado a muerte pero se rehúsa a quedarse callado, para bien de la Poesía. Existen experimentaciones formales que recuerdan precisamente a la forma versificadora de Juan Gelman. En especial, en el poema titulado precisamente "Cuerpo en mi cuerpo". Veamos el principio del mismo:

El día/ abre sus fauces/ se demora
y se inclina/ recibe el polvo que la flama
despide/ la flama es algo que de ella 
proviene/ su perfección moribunda/ reclama
para el cuerpo la luz/ ¿qué digo cuando nombro
precisamente el encuentro?/ ¿qué tan a salvo
queda mi piel ante la suya?/ ¿qué es lo que incendia
la flama?/ ¿cuántas palabras se pierden?/ o bien
¿cuántas se consumen? (...)

La flama ya había sido abordada por el propio Solís en El fuego dormido, poemario del 2000. Nos remite necesariamente al fuego de Heráclito como principio básico de todas las cosas, como principio creador, y aquí la flama se convierte en metáfora perfecta de ese fuego creador (y por lo mismo destructor) de todo lo que se nombra, incluyendo la pasión. Hay matices fuertes, y más que respuesta, la pasión es una pregunta de donde surgen muchas otras preguntas. Para ganar hay que perderse, y de ello que el tiempo representado en el día que aparece como una bestia de fauces abiertas. Al parecer no hay salvación posible, a semejanza de lo que cantara César Vallejo, y si al final no persevera la palabra, qué más da, "de una vez que vengan los pájaros y se lo coman todo."

domingo, noviembre 30, 2014

Abigael Bohórquez está en un eco.

Hace 19 años, sepultamos al poeta y dramaturgo Abigael Bohórquez. Este sábado 29 de noviembre, en la Villa de Milpa Alta (donde él vivió de 1970a 1976) , se le rindió un sencillo y emotivo homenaje por parte de amigos, antiguos alumnos y admiradores.
Inició con una ofrenda floral a las 5:30 en la casa (Yucatán 26) donde habitó el vate y que, en la práctica, fue la primer casa de cultura de la localidad. Tomó la palabra Víctor Manuel Díaz, rememorando los días en que Abigael los dirigió cuando adolescentes y les enseñó el amor a la palabra a través de la formación de grupos de poesía coral y de teatro, en la secundaria 37, y reflexionó que ahora Abigael es más conocido que cuando estaba vivo. En esta casa se escribió el célebre poemario Memoria en la Alta Milpa.
Acto seguido, nos trasladamos a la Casona (Sonora Sur 9, barrio de Los Ángeles) donde se había montado una especie de altar a la memoria del amado amigo y maestro. En una sala del ala que está en poder de los comuneros. Ahí tomó la palabra Paulino Cruz, quien fungió como maestro de la ceremonia presidida por el recuerdo y un retrato del añorado Abigael.
Victor Manuel Chavira fue vencido por la emoción y su texto fue leído en su lugar por Juana Reyes, donde se inicia leyendo un fragmento de la obra La madrugada del Centauro: "Te amo como creo que amaría a mi primera mujer", se rememoraron las giras de los grupos de poesía y teatro y la visita de grandes artistas como Carlos Pellicer y José Revueltas. "No hemos podido llorar por la nostalgia de no haber sabido valorar en su momento toda esta experiencia; toda la nostalgia de lo que hicimos y en nuestra adolescencia lo vimos como un chiste". Durante cinco años el maestro Abigael los llevó de gira a múltiples ciudades, e incluso ganaron importantes concursos como grupo de poesía y teatro. Se recordaron versos de Memoria en la Alta Milpa:
Aguardo a que la noche se tienda
sobre este forastero que soy
y me quedo tranquilo dentro del vaso.
Es ahí donde vivo,
donde olvido,
y no hay a cien leguas a la redonda
un poeta, escribiéndole al vino,
como yo.

"Y en el paisaje vuelve a creer en Dios la primavera", y otros versos como los de:
Te extraño a toda hora.
Cuando llegas, te extraño más aún.
Porque vienes sin ti,
sin aquello que eras.

Lo que amo.
Todo en el ánimo y fervor de contagiar la lectura de la obra de Abigael Bohórquez.
Seguidamente, el Dr. Francisco Chavira Olivos subrayó: Había un vacío cultural y el maestro lo llenó con la poesía y el teatro, para seguir viviendo y cultivar el amor a la palabra, a la poesía. Por eso hoy le rendimos tributo de gratitud.
Ya hacia el final de las remembranzas, el Dr. Gerardo Bustamante presentó el libro que él mismo recopiló: Dramaturgia reunida, donde por primera vez se presentan 12 obras de Abigael, muchas de ellas inéditas. Abigael, figura anónima todavía en la literatura mexicana. La poesía de Abigael (que es una misma con su teatro) es un acto de desobedencia que se erige como defensa, y cita rebeldes versos del poema "Menú para el generalísimo". Dice Bustamante: "Actualmente estaría escribiendo de Atyozinapa". Fue poeta de protesta, como en Poesida: homenaje a los caídos y rechazados; pero también fue poeta de honda raíz amorosa, incluyendo el amor a su madre (y rememora como muestra de este amor el poema "Carta a Sofía desde ayer"). La única forma de defendernos de tanta atrocidad del gobierno es el arte. Expresó el deseo de reeditar Memoria en la Alta Milpa, que en 2015 cumple 40 años, así como el deseo de convertir la que fue la casa de Abigael en Casa de la Cultura. También se comentó el proyecto de editar un libro de testimonios acerca del añorado vate.
Abigael Bohórquez está en un eco. No ha muerto ni morirá mientras prevalezcan sus palabras y su recuerdo.

lunes, octubre 27, 2014

Flamingo again ("lo más sucio que han tocado mis manos")

"No me sé mi vida, o la sé mal", parafraseando a Abigael Bohórquez. Como en las pasadas dos ocasiones, hablaba del Flamingo, quisiera que por lo menos por un buen tiempo por hoy la tercera fuera la vencida.
Una compañerita muy simpática se refería a él como "El Mugrosito". Razones no faltaban, tan poco afecto al baño era el poeta, que francamente dudo que se haya bañado más de una vez al año.
Pero no era el único que padecía esa falta de higiene. Así era la onda neo-hippie de principios de los noventa. Ahora que me lo topé hace nueve años, el otrora cochambroso galán lució rozagante y recién bañado todo un señor promotor de la cultura oficial de la que tanto repeló cuando joven. Pero, en fin, ser joven y rebelde es casi un pleonasmo.
De él se decían tantas cosas y tanto daba de qué hablar que era un gusto. No por morbo sino por diversión irreverente. Para muestra un botón. En uno de los famosos recitales del ciclo de poesía "Flor y Canto", donde participábamos JD, el Manolo y otros, dio un tremendo show de poesía alternativa. Recuerdo dos detalles. Primero, mientras gritaba "el amor, el amor" penetraba con un plátano un dona destrozando el bizcocho. Segundo, y más tremendo, en unas bolsas blancas (muy parecidas a aquéllas donde ponían los desechos sanitarios en los baños de la escuela) hizo una eclaración de no recuerdo qué carajos y las hizo explotar y, en efecto, contenían papelitos con manchas sepias y otras inmundicias que cayeron sobre el sorprendido público que absorto escuchaba al marihuano poeta. Fue apoteósico. Nunca quise volver a ir aninguno de sus recitales.
Su monumental exceso no obstó para que durante un buen tiempo (mediados y finales de los 90) vendiera "pan artesanal", piropeando a las secretarias del campus. "¿Vas a querer pan, hermosa?"
En la boda de Casildo Rivera con Vero (perdón olvidé su apellido) nos desvelamos bebiendo (1996) en el patio de una casa, hasta Ismael Mercado andaba ahí. Ya muy de mañana, Vero estaba histérica: El pastel de bodas (que por extrañas razones no había sido partido) estaba salpicado de tronchos de barbacoa. Sí, fue el Flamingo el de la gracejada, pero sólo lo supe más tarde. Igual el pastel se veía pintoresco.
Ya puesto este contexto, ¿cuán sucia consideraba a su exnovia Cristina como para calificarla como "lo más sucio que han tocado mis manos"? Nada, que en una convivencia donde estaba el Flamingo y su Cristinita viendo tranquilamente películas en casa de otra pareja "hetero", se le ocurrió al plumífero y a la anfritriona ir al expendio por más cahuamas. De regreso, al abrir la puerta de la casa, no creyó lo ya estaba viendo:
Cristina ensartada con el anfritrión.

domingo, octubre 05, 2014

"Es lo más sucio que han tocado mis manos"

Éramos muy jóvenes, insisto. No tengo diarios escritos de aquéllos años, y para recordar he de fiarme de los caprichosos caminos de la memoria. Esta columna pensaba seguir la linealidad del tiempo, pero se me vuelve imposible, así como los sueños tampoco son lineales. Así, he de volver de momento sobre las hazañas del profeta Flamingo. Profeta-Poeta.
Como en la pasada ocasión, hablaba de el Flamingo y su desapego por las verdades absolutas, también es lindo recordar su impulsividad y sus índoles provocadoras incitantes de la poeticidad. Con sus actitudes irreverentes, su generosidad y su hospitalidad llegado el momento, que no desdecía su animo jocanti.
O espíritu chocarrero.
No era 1994, pero fue poco después. El Flamingo rentaba una pequeña casita por rumbos de donde hace décadas había sido la zona roja de Hermosillo. Ya no había zona roja pero como recuerdo de ella quedaban un conjunto de cuatro regaderas al fondo del patio donde las putas se aseaban en un pasado lejano. ¿O cercano también? Algunas veces tuve por suerte visitar ahí al Flamingo, departir y beber, en medio de la extraña vibra de aquel lugar de semipenumbras que en ocasiones me parecía siniestro o al menos enrarecido.
Recuerdo: Ahí vivía Flamingo con su novia Cristina, mismos que aparecen en una foto de El Imparcial vestidos de negro cuando el día después del sepelio de Abigael Bohórquez. Abigael decía que Cristina era un andrógino, pues era muy bonita pero al mismo tiempo con cierto toque varonil, incluso de la voz (ahora que caigo en cuenta, el Flamingo de aquellos tiempos era muy guapo, incluso parecido a Brad Pitt, y con cierto toque femenino). Se complementaban muy bien. Aunque no terminarían en buenos términos. ¿Cómo lo sé? Por lo que el propio Flamingo me contó. Pero lo dejaré para otra ocasión. Por ahora me conformo con repetir lo que él dijo refiriéndose a ella: "Es lo más sucio que han tocado mis manos"
Es más: Se los cuento el próximo fin de semana. Feliz domingo y gracias por leerme.
 

sábado, septiembre 27, 2014

El Flamingo en 1994

Era por su modo de correr que recibió ese apodo, propio del más excéntrico de nuestros compañeros. Desde Nogales, Sonora, para el mundo. El Flamingo se asumía poeta y artista plástico (¿se asumía o se asume?). He perdido contacto con él.
Sus rasgos estilísticos al correr (dicen, nunca lo vi correr) se reflejaban también en su manera de hablar, gesticular, exponer en clase. De esto último recuerdo su exposición de un capítulo de un libro en clase de Max Figueroa: Iba leyendo párrafos al azar sentado con su falda cuidadosamente acomodada, con mucho estilo, desperdigaba fotocopias y nunca supe de qué carajos iba lo que expuso y creo que tampoco importó demasiado.
Héctor (que así se llamaba o se llama) era del signo piscis y eso tampoco parecía importar demasiado. En una ocasión salimos ebrios de la escuela el Flamingo, Juan Diego, el Manolo y yo, ebrios y hambreados, pero muy contentos, eso sí. Eran como las nueve de la noche y no había nada qué hacer en la escuela, por eso cruzamos la plaza Emiliana de Zubeldía y volteamos una de las casetas donde en aquel 1994 vendían boletos del magno sorteo de la Universidad de Sonora. Risas, caminamos rumbo al Hotel Calinda (hoy oficinas de Tel Cel), seguramente íbamos a la casa de Juan Diego y mientras nos aproximábamos a las afueras del hotel, el Flamingo empezó a decir en tono festivo "me acaba de llegar un giro postal de Nogales, los invito a cenar". A nuestra izquierda, el Fook Lam Moon, un buen restaurante chino que creo todavía funciona. Ahí fuimos.
Llegamos tal cual, jipiosos, pachuli, greñudos, falda, chalecos y guaraches. El mesero nos vio con ostentosa desconfianza. El Manolo, con acento conocedor, empezó a solicitar cierto vino. Cambió el gesto del mesero y nos atendió de lo mejor, cena de reyes.
Llegado el momento, el Flamingo dijo que en realidad no tenía dinero, y que los esclavos debían salir huyendo de la caverna, como bien lo dice en su alegoría Platón. Insistió frente al mesero: "los esclavos deben correr huyendo, como decía Platón". Ya para entonces el mesero estaba convencido de nuestra alta cultura. Al darse la media vuelta, salimos huyendo del restaurante, corrimos sin parar, pasamos junto a la escuela Leona Vicario --ahí el Flamingo brincó la barda de esa escuela para ocultarse y nos diría después llegando a la casa de Juan Diego que en realidad nadie nos perseguía.
La casa de Juan Diego estaba en el cerro de la Campana. Llegando ahí los otros tres desfogamos los intestinos como romanos de la antigüedad. El Flamingo tan tranquilo y riendo.
Muchas otras cosas más hizo el Flamingo, pero se han escrito éstas para que leyéndolas tengáis fe y teniendo fe alcancen la salvación. Así sea.

sábado, septiembre 20, 2014

1994. Yo también me acuerdo...

Yo también me acuerdo que el barril de cerveza (uno de dos) no le servía la serpentina, de esos de hace veinte años que había que bombearles como si estuvieras inflando una llanta de una bicicleta (con una de esas bombas viejitas que creo ya ni se usan).
1994. Era la fiesta de bienvenida para los que éramos de nuevo ingreso. Por cortesía del Departamento de Letras y Lingüística de la UNISON (¿o del jefe de departamento?). Era el segundo día de clases, que en aquel entonces eran en la tarde, no como ahora que son del turno matutino. En el foro que está en los jardines centrales varios amables compañeros de tercer semestre, como Nina Mier o Josué Gutiérrez o Karla Valenzuela dirigieron algunas palabras de protocolo (recuerdo que Karla habló atropelladamente y me llamó la atención su dificultad para respirar, seguramente por los nervios).
Después de esos discursos que han quedado en el bendito olvido, todos (o casi todos) nos dedicamos a beber. Ya no sé si lo de la serpentina que no servía era realmente que no servía o si era un mero pretexto para que acabáramos más rápido con el par de barriles de cerveza, pues vaso en mano hacíamos cola para el refill. De seguro por ahí andaba Rogelio Sifuentes, malograda mente que sucumbió no hace mucho, y siempre briago y marihuano. Éramos muy jóvenes (la mayoría) y estábamos ebrios de salud y de poesía, aunque tal vez no éramos del todo conscientes.
Relativamente rápido fue el consumo, ya no me acuerdo qué fue lo que ocurrió después. Si nos fuimos al departamento de Enrique a seguir la fiesta donde hubo música, una cosa así como baile en la semipenumbra, alcohol y algunas drogas blandas. O tal vez todo eso me lo invento o fue en otro día. O si en realidad me fui con el buen compañero Juan Diego González a recorrer tugurios en el centro (él me los presentó, yo ni en cuenta con esos antros de mala muerte), bebimos más cerveza y nos carcajeamos de una o de cualquier tontería, recorrimos las hermosas céntricas calles donde dado el momento di el costalazo gracias a un bendito bache en medio de la gloriosa lluvia. De ahí fuimos a dar a la casa que él rentaba en el cerro de la Campana, donde fuimos a dormir y seguramente también desayuné, pues en ese momento era yo un desempleado que andaba de chambita en chambita. Por elmomento.
Ojalá alguno de mis compañeros de la universidad recordara mejor que yo esa fiesta de bienvenida y se tomara la molestia de corregirme la plana. De cualquier manera, ésta es mi ficción autobiográfica. Gracias por leerme.

sábado, septiembre 13, 2014

Hace casi veinte años...

Hace casi veinte años, cinco meses después de que asesinaran a Colosio, ingresé a la licenciatura en Literaturas Hispánicas de la Universidad de Sonora. No recuerdo cuál fue la primera clase que tuve, pero sí recuerdo quiénes fueron mis primeros profesores: Gerardo Bobadilla Encinas, Fermín González Gaxiola, Volker Schuller-Will, Max Figueroa Esteva, Leticia Martínez y un profesor cuyo nombre ha quedado sepultado en mi memoria bajo el ridículo mote de El Muerto. A todos ellos les guardo gratitud por su paciencia y enseñanzas, en especial agradezco sus palabras siempre certeras a dos grandes que ya se nos adelantaron en el camino (curiosamente ambos de origen extranjero): Volker y Max. Gracias a todos ellos, no me he deformado más de lo que ya lo estoy, profesionalmente hablando.
No voy a presumir que mi opción por esta licenciatura se debió a mi voracidad lectora y que, al par que Paz, disfruté de una gran biblioteca desde mi más tierna infancia. No, mi inclinación se debió a otra suerte de inquietudes: La educación como medio de transformación de la sociedad, vaya, la utopía, la revolución Cubana con música de Silvio Rodríguez de fondo, un andar jipioso y soñando con una sociedad más justa que no excluía la protesta social. Sé que mi ingenuidad tal vez sea de dar pena ajena, pero lo vivido nadie me lo quita. Incluido el años anterior, cuando había transitado dos curiosos semestres en la licenciatura en Matemáticas de la misma universidad, mi querida Alma Mater.
Insisto: En esos inicios ni siquiera era un mediano lector de literatura. Recuerdo que el profesor Bobadilla nos puso como una de las primeras lecturas en el aula "El niño yuntero" del grandioso Miguel Hernández. Mi fascinación no conoció límites. Volví y revolví sobre ese poema de denuncia social, pero que finalmente es más poema que denuncia, me condolí de la miseria del niño, pero más me condolí de la miseria de no poder hacer nada por él: Ya estaba muerto, del mismo modo que todos estamos camino al cementerio. 
No, no era un lector habitual de literatura (como sí lo eran varias de mis compañeras de grupo, algunas años más jóvenes que yo, recién egresadas de la prepa; como sí lo eran otras compañeros y compañeras que habìan tenido estancias por otras licenciaturas e ingenierías.) Claro, también había otros como yo que habían leído otras cosas en lugar de literatura. O que habían leído de todo, como el buen Javier Bustamante Trelles, hombre hecho y derecho que ya tenía una vida hecha y era el de mayor edad de mis condiscípulos.
Espero continuar hablando de mis años universitarios en próximas entregas.